Don Luciano Renterķa

2018-04-14 20:17:05

Apenas iniciando el mes de abril, cuando las primaveras están a plena flor, falleció don Luciano Rentería. ¿Quién fue don Luciano? Fue un militante comunista originario de Zacatecas que migró a esta ciudad siendo muy joven. Y como muchos comunistas de viejas generaciones, con ciertos tintes libertarios y autogestivos, su oficio de panadero le permitió vivir dignamente junto con su familia liberándose de las relaciones laborales de explotación. Perteneció pues a esa generación de luchadores sociales, originarios o no de Jalisco, que combatieron y resistieron al autoritarismo conservador de la clase del poder desde los años 50 y al que, en su caso, debemos considerar como precursor de la lucha contra la represión en México y que luego sería rebautizada como la defensa de los derechos humanos.

Debí haber conocido a don Luciano Rentería allá cuando estaba por terminar la década de los 70 del siglo pasado. Él era ya una persona mayor y yo apenas estaba por ingresar a la Facultad de Filosofía y Letras de la UdeG a estudiar sociología. Él era militante del Partido Comunista Mexicano y yo del Centro Independiente de Política y Cultura Proletaria.

Eran los tiempos conocidos como de la guerra sucia. En realidad, la guerra de entonces, la guerra de siempre. Es decir, cuando el Estado mexicano, como siempre, combatió sin respeto a su propia legalidad y mucho menos al derecho internacional, a los jóvenes que después de la masacre del 2 de octubre de 1968 y otras represiones se habían convencido de que las vías democráticas para la participación política habían quedado canceladas y, por tanto, decidieron optar por la lucha armada integrando organizaciones guerrilleras en varias ciudades del país, destacando las de Guadalajara.

Cuando conocí a don Luciano, muchos jóvenes, hombres y mujeres, ya estaban detenidos en varias cárceles del país. En Jalisco, en el penal de Oblatos; otros más eran perseguidos y cientos habían sido desaparecidos por el Estado, a través de sus cuerpos policiales y el Ejército. De aquellos cientos de mexicanos desaparecidos nunca volvimos a saber. Sólo quedaron en nuestros recuerdos por las fotos que sus madres portaron en el pecho para reclamar al Estado que se los devolvieran con vida.

En aquel contexto Armando Rentería, hijo de don Luciano, fue desaparecido y luego encarcelado. Por ello convocó a familiares de otros desaparecidos a reunirse en su casa, en San Juan Bosco, donde vivía y tenía su panadería. Esa convocatoria fue el inicio de lo que luego sería el Comité Pro-Defensa de Presos, Perseguidos, Desaparecidos y Exiliados Políticos, integrado sobre todo por las mamás. Las doñas o las jefas, como les decíamos. Lo primero que acordaron fue que los domingos se reunirían en casa de don Luciano y doña Felicitas, su esposa, para ir conociendo las trayectorias de cada joven desaparecido o encarcelado y decidiendo qué hacer. Todas las reuniones colmadas de dolor y tristeza por las historias que se contaban, se endulzaban un poco con café y el pan recién salido del horno de la panadería de don Luciano pero que siempre de manera discreta ofrecía doña Felicitas.

Don Luciano era recio, valiente y muy amable. Con su cálido saludo de mano y su sonrisa inspiraba confianza de inmediato. Su personalidad hizo que las diferencias políticas e ideológicas típicas de la izquierda no importaran y que todos los grupos de izquierda convergiéramos en apoyo de dicho comité.

Pero don Luciano también encabezaba las protestas, ayudaba en la redacción de oficios y expedientes que hacían los abogados defensores de los presos políticos, cargaba con muchos de los gastos, visitaba presos y atendía sus peticiones. Justo por ello es que fue muy apreciado por todos. En estas actividades políticas nos involucramos muchos y nos mantuvimos en ellas hasta que, en 1982, habiéndose logrado el decreto de una ley de amnistía y después de una huelga de hambre afuera del eufemísticamente llamado Centro de Prevención y Readaptación Social, en las inmediaciones de Puente Grande, los presos políticos quedaron en libertad.

Desde entonces extrañábamos su café, su pan y su conversación. Ahora extrañaremos su presencia. Vaya un abrazo donde ahora se encuentre. Buen viaje, camarada.

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