El último ‘debate’ y nos fuimos

Si algo ha quedado demostrado en el curso de la contienda electoral es que los llamados “debates presidenciales” no son las batallas decisivas que presumen los estrategas, sino que, a lo sumo, constituyen el evento mediático con mayor visibilidad, más cercano a un show de entretenimiento que a un ejercicio de deliberación argumentativa.

Habrá que decir que la diferencia en el formato del tercer debate no alteró en absoluto el contenido de los anteriores. Fue más de lo mismo. Quienes disputan el segundo lugar –Anaya y Meade– dirigieron múltiples ataques al puntero. A un López Obrador relajado, pausado y a ratos hasta divertido. Tal vez porque es el único que sabía, que pasara lo que pasara y se dijera lo que se dijera en el evento, no trascendería los muros del Museo del Mundo Maya ni tendría ningún impacto en los números de las encuestas.

Ayer mismo circulaba el estudio que la encuestadora Berumen-Ipsos realizó para la Coparmex, otro de los organismos cúpula de los empresarios, en el que se adjudicaba 41.7 por ciento de intención del voto hacia AMLO, superando por más de 20 puntos a Anaya (21.0) y 28 por arriba de Meade (13.6). Es por estos datos que uno se explica el comportamiento de los dos zagueros en el debate, en el que transitaban de la animosidad rijosa a la desesperación. Se olvidaron de su intensa confrontación en los últimos días, del video del hermano de Barreiro inculpando a Anaya, del “es un vulgar ladrón” espetado por Meade en el aeropuerto de Mérida y del apelativo de “mosquita muerta” que le endilgó en respuesta, el abanderado del Frente.

Para colmo, la encuestadora Massive Caller difundió una encuesta nacional en la que se reconocía a López Obrador como ganador del debate, con 44.3 por ciento sobre 36.9 de Anaya y 15.9 de Meade. Estos resultados seguramente encresparon a los cuartos de guerra de los señalados como perdedores. Me imagino los aspavientos y las descalificaciones a la encuestadora por los datos publicados.

No entendían cómo un Anaya tan disciplinado y meticulosamente preparado en las tácticas del ataque y contraataque, ni tampoco cómo un Meade que había suspendido todas sus actividades durante tres días para prepararse a conciencia hubieran sido superados, en la percepción de las audiencias, por un candidato que nunca se presentó a los ensayos, que no interrumpió su campaña y que acudió a los debates para cubrir el trámite exigido por la legislación electoral.

A 13 días de que terminen las campañas y a 17 de la jornada electoral, la posibilidad de revertir la tendencia que marcan las encuestas es estadísticamente imposible. Quienes aducen 42 por ciento de rechazo a ser encuestados, para relativizar la ventaja contundente de AMLO respecto a sus zagueros, olvidan que Roy Campos de Mitofsky, en un artículo publicado en 2010, ya señalaba el mismo porcentaje de rechazo. Solamente un fraude monumental realizado en el lapso comprendido entre el día de la elección y el cómputo distrital podría alterar el resultado.

¿Por qué la diferencia tan grande?, se preguntan los estrategas de Anaya y de Meade. La respuesta es sencilla y es que, en palabras zapatistas: “El voto es de quien lo trabaja”. En efecto, mientras los flamantes consultores de Anaya y de Meade, enfocaron su estrategia hacia la guerra sucia y los eventos mediáticos, especialmente los debates, el candidato de Morena se dedicó a recorrer las plazas públicas del país y a utilizar intensivamente las redes sociales, especialmente el Facebook, para establecer una interacción directa con el electorado. Actividades en las cuales machacó y volvió a machacar que su bandera principal es la del combate a la corrupción. Las encuestas solamente dan cuenta de la penetración de su mensaje.

Con el inicio del mundial, al tema electoral le decimos: nos vamos… nos fuimos.

@fracegon

JJ/I