“Amé la tierra, amé a las gentes”


La semana pasada, el caricaturista y periodista originario de Mezquitic Luis de la Torre Ruiz fue galardonado con el Premio Jalisco en el ámbito literario. Aunque algunos cuestionaron esta decisión porque De la Torre no es reconocido como un escritor, las anécdotas que este hombre ha recogido cuentan una historia valiosa que desafortunadamente no se plasma en los libros: la de una región olvidada por muchos, el norte de Jalisco.

Convencido de la importancia de esta narración, varios años el periódico Mi Pueblo fue el lugar donde se replicaban los recuerdos y las voces de quienes habitan ese lugar tan característico de donde es el premiado, historiador por antonomasia.

NTR. ¿Cómo se aproximó a la caricatura?

Luis de la Torre Ruiz (LTR). Mi vida ha estado alrededor del dibujo siempre. Como si nunca hubiera trabajado (risas). Mi vivencia ha sido la caricatura, tengo desde los años 50 viviendo de eso. Fue tarde cuando empecé a dibujar, ya a los más de 20 años. Comencé en el periódico El Informador de Guadalajara, donde estuve 10 años. Ahí se definió mi vocación como ilustrador, dibujante y caricaturista, con ese oficio me fui a la Ciudad de México donde también sobreviví haciendo monos en Excélsior, donde tengo 42 años haciendo un cartón editorial en esa casa hasta la actualidad.

NTR. ¿No fue una inquietud que lo llevara a otras prácticas?

LTR. Lo que pasa es que tengo una distracción de actividades entre una y otra cosa y no me concentré en la pintura o en el dibujo, ninguna de esas facultades que se me dieron fueron bien explotadas, todas se quedaron en anuncio de lo que pudo haber sido y no fue, pero me dediqué a dibujar por ejemplo El Quijote en muchas ilustraciones, pero tampoco lo continué, son trabajos que quedaron a medias por una diversidad, mi carácter y temperamento es muy diverso. Quizá el valor principal fue Mi Pueblo, que resulta una unidad interesante sobre su contenido.

NTR. ¿Cómo se interesó por el proyecto de Mi Pueblo?

LTR. En medio de ese quehacer se ofreció hacer el periódico para la región norte de Jalisco. Fue un trabajo de 25 años que nos dio un ejemplo de periodismo hacia la provincia en donde no se tocan cosas cotidianas como el deporte, lo social, el crimen, las noticias, sino que se va al sentimiento del pueblo, a su memoria, a su historia, a recoger su lenguaje y sus emociones con un eco muy estimulante y positivo con que respondieron los lectores. Eso nos habla del efecto y el contacto que tuvo ese periodismo con el lector.

NTR. ¿Cómo vivió esa experiencia?

LTR. El periódico fue un modelo de periodismo único. Sí resultó único, sui generis, muy serio, básicamente de lectura desde la primera a la última página con interés suficiente para mantener al lector. Mi Pueblo tiene su génesis en mi formación: yo no fui a la escuela, no terminé la primaria y tenía un gran complejo en la cultura, sobre todo de la escritura, le tenía pánico a escribir una sola idea, pero observaba mucho y leía mucho a autores como Rulfo, Yáñez, literatura de la Revolución mexicana que me hablaba de provincia, fue la lectura de Jean Meyer en sus tres tomos de la Cristiada lo que definitivamente me inspiró a ir a mi pueblo a encontrar lo que quedaba de los últimos participantes en esa guerrilla.

NTR. ¿De dónde provenían las voces de los textos?

LTR. Logramos recoger el testimonio de unas 80 personas que vivieron en carne propia el movimiento cristero tanto en su aspecto bélico como en su aspecto martirológico. Hubo una secuencia de libros que puede leerse como un estudio no académico de la Cristiada, aunque con menos rigor, muy interesante y muy ameno porque son los recuerdos y las palabras de quienes vivieron el acontecimiento.

NTR. ¿Ahí nació su inquietud por la escritura?

LTR. A base de hacer el periódico y recibir y corregir las colaboraciones, a fuerza de leer más fui soltando un poco mi escritura personal. De ahí aprendí todo y sobre todo aprendí de los narradores natos que nos encontramos, gente que sabía platicar durante dos o tres horas con una continuidad, un sentido y una unidad fabulosas.

NTR. ¿Resultaba como una deuda a su pueblo?

LTR. Desde niño con mis abuelos amé la tierra, amé las gentes, todos parientes, todos amigos, todos seres queridos, una sola familia; aunque nunca viví en el pueblo porque desde muy niño, mis padres que eran comerciantes, salieron de ahí. Sólo dos años de mi juventud los pasé en ese pueblo, pero fueron suficientes para compenetrarme de su familiaridad y modo de ser, sí traía yo muy calado en mi modo de ser todo lo que significaba el pueblo, pero avalado por esa literatura le di entonces otro valor que encontré visitando, viendo y platicando con la gente que al final de cuentas resultó la médula del periódico.

NTR. Una región que ha sido la gran olvidada del estado…

LTR. Esa región tiene una gran solidez en su formación católica que viene desde la colonia con los primeros misioneros, es muy profunda, tanto es así que el centro de la Cristiada se da en esa región, llega a llamarse región Quintanar, invicta, donde no pudo dominarlos el ejército, hay una profunda fe antigua, flota en el ambiente una viejísima formación única que es regional. Toda la región la tiene a tal grado que en la colonia se llegó a mencionar como la Nueva Toledo, que no se concretó, pero que se ubicaba ya como una región muy característica y especial. Sí es una región especial con mucho qué ofrecer y que dar sociológicamente, geográficamente, humanamente.

NTR. ¿Siguen las deudas hacia el estudio de la Cristiada?

LTR. Hay que buscar más a fondo en todo lo que significa su quehacer misterioso y divino a la vez, lo que es muy difícil para los historiadores localizar. La Cristiada se puede ver como un mero episodio de la historia de México, pero es algo más, es algo mucho más profundo que no se ha estudiado del todo porque nos falta el escritor católico, el escritor creyente, el escritor que sepa definirnos esa situación que amerita otras maneras de leerla.

“Yo nací en un pueblo muy pegajoso, muy entrañable, un pueblo del que no se puede uno desprender”

“Grabábamos la conversación y al transcribirlas casi no tenían corrección alguna. Era su manera de hablar tan castiza, tan pura y preciosa que casi fue mi lección para la literatura”
Luis de la Torre Ruiz, autor

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