Tregua mundialista y crispación electoral

Imaginemos cosas chingonas
Chicharito

El sismógrafo de la Ciudad de México registró una alteración en el mismo momento en el que Chucky Lozano anidaba el balón en la portería alemana. Durante 90 minutos el ritmo cardiaco de millones de mexicanos latió de manera acompasada a las acciones desarrolladas en la cancha. Millones de ojos fijos en el desempeño de la oncena nacional transitaron de la emoción al nerviosismo, de la incredulidad a la confianza, de la zozobra a la euforia al escuchar el tan anhelado silbatazo final. Lo que sucedió después fue el desbordamiento del júbilo, contenido desde hace muchas décadas, de festejar una victoria alucinante, histórica de la selección nacional.

El domingo pasado, los mexicanos, todos, dejaron de lado lo que los divide y se fundieron en una gran celebración, en torno a un evento deportivo que se ha constituido en el amalgamador social por excelencia, el futbol; y una palabra que al mismo tiempo reivindica una identidad y se convierte en grito de guerra: ¡México!, ¡México!, ¡México! Así sucedió en el Ángel de la Independencia, así también en la Glorieta La Minerva.

A una semana del final de las campañas, el campeonato mundial ha significado para la mayoría de los mexicanos una saludable y necesaria tregua de la contienda electoral. Durante ese lapso, los partidos contra los seleccionados de Corea del Sur y de Suecia establecerán espacios de tregua, en los que el alma colectiva de los mexicanos vibrará de manera conjunta, sin otro objetivo que ganar los encuentros y pasar a la siguiente ronda.

Sin embargo, en contraste al sentimiento de fraternidad que se expresa en la euforia de los aficionados, en la contienda presidencial la crispación entre las fuerzas políticas se ha incrementado exageradamente. En la etapa final de las campañas, el golpeteo y la guerra sucia, impulsada por los cuartos de guerra de los candidatos rezagados, se han enfocado a incentivar el miedo y la polarización entre el electorado.

Ante la actitud omisa del organismo electoral, millares de llamadas anónimas incitan a votar contra el candidato puntero en las encuestas. Por su parte, Meade y Anaya intercambian sendas denuncias por actos de corrupción, ante la PGR. Pretenden abatir la distancia, mediante la incubación del encono y la polarización electoral. Muy lejos de abonar al sentimiento de unidad que se respira en torno a la selección nacional, los estrategas de las campañas insisten en sembrar el temor y la división. El divorcio entre la clase política y el ciudadano de a pie es evidente. Ella busca lucrar políticamente con el futbol. Los ciudadanos lo gozan, lo sufren, lo viven.

El fantasma de 2006, de un país dividido entre posiciones irreconciliables, amenaza con resurgir al día siguiente de la jornada electoral. Por eso resulta sumamente alentadora y pertinente la iniciativa El día después (http://eldiadespues.mx/), impulsada por un grupo notable de cineastas y artistas mexicanos, que convoca a un proceso de reconciliación a partir del 2 de julio, un llamado a la empatía para “encauzarnos y encontrarnos” frente a las dramáticas condiciones de violencia que existen en el país.

Sería lamentable y desastroso repetir la experiencia de un sexenio perdido. El manifiesto de los artistas apela a que cada ciudadano asuma su responsabilidad por construir el país que queremos.

La tregua mundialista ofrece el escenario ideal para que esta iniciativa prospere.

Porque todos queremos un mejor país y todos queremos que la selección gane el mundial. Y frente a los agoreros que enfatizan en la imposibilidad de cambiar la situación del país, en la imposibilidad de abatir la pobreza, en la imposibilidad de ganar la copa del mundo, habría que, como lo hizo Chicharito con David Faitelson: “Imaginemos cosas chingonas”.

Así. Tal cual.

@fracegon

JJ/I