Jalisco habló: AMLO, presidente; Alfaro, gobernador

Si tras el proceso electoral de 2015 la reconfiguración de las fuerzas políticas en el estado de Jalisco acusó una drástica modificación, derivada por el surgimiento del partido Movimiento Ciudadano (MC) y el arrastre electoral que lo llevó a convertirse en la principal fuerza política, lo que constituyó un severo golpe a los partidos tradicionales, tanto en su dominio territorial materializado en alcaldías como en su presencia en el Congreso.

El resultado de la jornada comicial del 1 de julio profundizó esta reconfiguración, hasta el punto que se puede hablar de una transformación radical en el sistema de partidos del estado. La irrupción de Morena en la entidad tuvo dos consecuencias directas. Por una parte se convirtió en un dique al crecimiento electoral de Movimiento Ciudadano y por la otra, su consolidación como segunda fuerza electoral relegó a los otrora poderosos PRI y PAN, a sus peores niveles de participación y a los demás partidos, a una presencia marginal, casi testimonial.

Este nuevo escenario, con los resultados obtenidos por Movimiento Ciudadano –la gubernatura, 14 diputados y 25 alcaldías–, permitiría suponer un sexenio de relativa tranquilidad para el nuevo gobierno si no fuera por la arrolladora victoria de la coalición Juntos Haremos Historia en las elecciones federales y particularmente la de Andrés Manuel en la elección presidencial. Frente a ese contexto, el panorama a enfrentar por el gobierno de Enrique Alfaro se antoja, si no complicado, sí al menos complejo.

Son varias las cuestiones que intervienen en la confección de este panorama. Algunas son producto de las decisiones del partido, otras devienen de las decisiones que adoptó para el desarrollo de su campaña. La decisión de MC de incorporarse a la coalición Por México al Frente, en compañía del PAN y del PRD, instigada quizá por Dante Delgado, pero con la anuencia de Alfaro, propició que el distanciamiento hacia López Obrador se transformara, en el curso de la campaña, en un abierto antagonismo.

La debacle electoral de Anaya y la minoritaria presencia del frente en las cámaras federales dejó al futuro gobierno en una situación de cierta vulnerabilidad; la mayor, quizá, era su vinculación con el partido de Dante. Una revisión puntual de los resultados electorales indica que el voto por Alfaro supera con creces a las otras candidaturas de Movimiento Ciudadano.

Se constata que en torno a su figura se ha conformado una corriente política que no se identifica con la institución partidaria. El alfarismo es una realidad en la que confluyen una diversidad de ideologías y posiciones. De los 900 mil votos obtenidos mediante su candidatura de MC, solamente 300 mil se replicaron en apoyo de Anaya, mientras que un gran caudal se decantó por López Obrador. El mandato era claro, los jaliscienses que lo habían elegido para el gobierno del estado habían también elegido a López Obrador como su presidente.

La operación cicatriz con el futuro mandatario se impuso como una necesidad imperiosa para el desarrollo de su administración. Un primer mensaje fue su desvinculación con el partido de Dante Delgado y las pretensiones de éste, de convertir a MC en el principal opositor al gobierno de AMLO. También hizo explícita su disponibilidad para alinear –armonizar, dijo– la política del estado a las directrices emanadas del equipo de López Obrador.

A diferencia de las mayorías legislativas del presidente, en Jalisco la bancada de Alfaro deberá negociar con otras fuerzas para alcanzar la mayoría. Ya Salvador Caro, su virtual coordinador, reiteró su disposición para establecer especial comunicación con los legisladores de Morena.

En contraste al activismo realizado por López Obrador y su virtual gabinete en estos días, el futuro gobernador se fue de vacaciones y anunció que la designación de su gabinete sería hasta octubre. Tiempo suficiente para ver cómo se inserta su “refundación” en la “cuarta transformación”.

@fracegon

JJ/I