PRI: futuro sin destino

Ayer que renunció a su cargo como presidente nacional del PRI, René Juárez Cisneros sentenció: “Del tamaño de la derrota tendrá que ser el cambio en el PRI…”.

Por segunda ocasión el PRI ocupa la tercera posición electoral. La primera vez fue en 2006 cuando Roberto Madrazo Pintado obtuvo 22.03 por ciento de la votación (9’301,441), por debajo de Andrés Manuel López Obrador, que registró 35.29 por ciento (14’756, 359) y del ganador, Felipe Calderón Hinojosa, que se impuso con 35.91 por ciento (15’000,284).

Ahora, con un padrón electoral mayor, el candidato del Revolucionario Institucional, José Antonio Meade Kuribreña, obtuvo una votación similar a la de Madrazo Pintado, 9 millones 289 mil sufragios, pero que representó 16.40 por ciento del total de votos emitidos contra los 12 millones 583 mil logrados por Ricardo Anaya Cortés, que fue 22.27 por ciento, y los 30 millones 113 mil de Andrés Manuel López Obrador, que significó 53.19 por ciento del total.

Un sexenio después, en 2012, el PRI recuperó la Presidencia de la República que perdió por vez primera 12 años atrás, aunque en 2000 su candidato, Francisco Labastida Ochoa, quedó en segundo lugar, debajo de Vicente Fox Quesada.

¿De qué tamaño fue el cambio que registró el PRI en el lapso de 2006 a 2012 como para haber llegado al poder nuevamente? De fondo, ninguno. Sin embargo, se promovió la aparición de una nueva camada de políticos que serían presentados como el rostro del “nuevo” PRI, encabezados por el entonces gobernador del Estado de México, Enrique Peña Nieto, al que se le sumaron luego jóvenes gobernadores como los Duarte y los Borge.

La historia a partir de su regreso al poder y la espectacular derrota priísta el 1 de julio es algo ya muy conocido.

Entonces, ¿de qué tamaño estamos hablando que debería de ser el cambio en el PRI, como lo propone su ahora ex dirigente Juárez Cisneros? ¿De la llegada de una nueva generación de políticos? ¿Del cambio de nombre, colores y logotipo del partido, como lo demandan algunas voces dentro y fuera del mismo? ¿De un simple gatopardismo que tan bien le sale a los priístas para regresar aunque sea momentáneamente al poder?

René Juárez reclamó que los priístas deben de “democratizar la elección de sus dirigencias y candidaturas” y que debe analizarse –y encontrar el camino, me imagino– de cómo devolverle el poder al partido para servirle a la gente y no al poder, aunque acepta que el gobernante en turno requiere de un partido fuerte que lo acompañe. Sin embargo, pregunto: ¿se refiere, acaso, a ponerle fin a la dictadura del jefe Político del PRI –federal o estatales– o del primer priísta del país o de las entidades donde gobiernan?

Cuando hablan de democratizar al PRI me imagino que a muchos priístas se les enchina la piel o se les erizan los vellos, aunque a algunos más quizás les provoque náuseas. Y es que más de un priísta ha reconocido que no está en la naturaleza de su partido, y mucho menos en sus genes, ser demócrata cuando su nacimiento se dio en y desde el poder. Además, sabemos lo que sucede cuando el tricolor se abre a su militancia. Se desata una cruenta guerra intestina.

En el mismo sentido, los priístas nunca han encontrado la fórmula para mantener una sana distancia o una sana cercanía –he ahí el dilema mismo– con los gobiernos emanados de sus filas.

Las dos derrotas presidenciales más severas del PRI se dieron cuando su dirigente nacional decidió –y operó desde la dirigencia para ello– ser el candidato y cuando se designó a un no militante para ser su abanderado.

Se observa, pues, muy difícil que los priístas encuentren el camino para definir su destino, menos cuando ha emergido una fuerza política conformada prácticamente en su totalidad de ex priístas de viejo cuño que conocen muy bien las mañas para mantenerse en el poder.

ES TODO, nos leeremos ENTRE SEMANA.

JJ/I