Arreola, un ente teatral

(Foto: Diseño NTR)

Para quienes lo conocieron y para quienes incluso han estudiado su obra más temprana, el escritor mexicano Juan José Arreola siempre caminó muy cerca del teatro. Hay quienes observan en sus primeros cuentos algunos elementos relacionados con la escena y otros que dicen que Arreola fue sobre todo un gran actor. Un actor de sí mismo y de su personaje.

Pero no es todo. Arreola, a los 19 años, dejó Zapotlán el Grande para ir estudiar teatro en la Escuela de Bellas Artes en la Ciudad de México, donde aprende el arte de la oratoria al lado de Fernando Wagner, Xavier Villaurrutia y Rodolfo Usigli en la compañía Teatro de Media Noche.

Una de las etapas fundamentales en este sentido fue ya cuando Louis Jouvet, el actor francés, visita Guadalajara, donde Arreola lo conoce y es invitado a París. Allá trabajarán juntos en 1945 con Jean Louis Barrault en el Teatro de la Comedia Francesa.

Pronto comenzaría con sus más ambiciosos proyectos de escritura, pues en 1949 publicaría Varia invención y Confabulario en 1952.

La crítica de teatro Verónica López García dijo en entrevista que el lazo más fuerte entre Arreola y el teatro es su biografía. “Por la vocación declarada tempranamente y que él siempre relacionó de manera abierta por su correspondencia con la religión y sus prácticas rituales, como monaguillo, y que claramente es un evento social absolutamente teatral; posteriormente, en esos acercamientos con agrupaciones amateurs con las que se vinculó en Zapotlán hasta que se va a la Ciudad de México”.

Para López García la literatura sería una consecuencia de su primer impulso: el teatro, pero específicamente la actuación, ni siquiera la dramaturgia. Las circunstancias lo orillaron a la escritura, pero, para ella, el teatro no se fue de sus intereses.

De regreso a México entre sus múltiples ocupaciones volvió a la voz escénica. Una de sus principales aportaciones en, por ejemplo, la Casa del Lago de la Universidad Nacional Autónoma de México, que presidió, fue el programa de Lectura en Voz Alta. “Por un lado para hacer traer el teatro clásico en castellano y por otro que (autores mexicanos) escribieran y propusieran dramaturgia y experimentar plásticamente”, dijo. “Héctor Mendoza y Jaime García Terrés, pero también a Octavio Paz, son lazos fundamentales para Arreola y para el teatro mexicano”.

Encontrar la capacidad de la creación de diálogos inteligentes, la maravilla con la que describe una tensión conyugal a partir de los ambientes que sabe adelgazar y perfumar y saturar, pero sobre todo su capacidad de construir de principio a fin un personaje –a través de la fabulación de un animal o en la ridiculización y exaltación de algún perfil notable– son elementos que a López García le parecen importantes de ver en su literatura para adaptar al teatro.

“Arreola es fundamental como amante del lenguaje y la palabra escrita, pero también de la palabra hablada, él mismo era un ser teatral, por lo que representaba, por el personaje en que todo el tiempo estaba encarnado”, dijo por su parte Jorge Fábregas, dramaturgo tapatío. “Desde luego que es un fiel transmisor de la palabra hablada, esto se manifiesta en sus obras de teatro, persiguen esa tradición de lo que es el actor, de representar en escena, de hablar finalmente”.

Para Fábregas, Arreola entendía el asunto teatral del lenguaje que persigue tres caminos: lo coloquial que escuchamos en la calle, el lenguaje literario donde el autor lo ordena y lo introduce al contexto de la obra y, la tercera parte, el actor que le da su propio ritmo, acento e interpretaciones.

“Era perfectamente una persona que traducía eso consigo mismo, lo que escuchaba lo arreglaba, escribía con el asunto del lenguaje clarísimo y luego lo expresaba con su propia personalidad: era por sí mismo un ente teatral, hacía teatro casi en cada momento de su vida sin estar en un escenario”.

En una conferencia que otorgó en una universidad pública en España, antes de comenzar a hablar, Arreola advierte ese síntoma irremediablemente teatral que lo acompañó durante toda su vida, incluso en las clases que dio ya de regreso en Guadalajara, el de tomar y no soltar la palabra, y lo dice disculpándose, “un gravísimo defecto que me dio la vocación dramática y el profesorado juvenil”, diría.

Personaje. Su capa y sombrero emulan a los usados por el actor Louis Jouvet, con quien da el salto hacia Europa para cimentar su carrera teatral.
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DRAMATURGO

La hora de todos es una obra poco recordada y celebrada del autor zapotlense. En 1955 fue escenificada y premiada. El título es homónimo de la obra de Quevedo, una sátira política y moral. Fue publicada en 1954 en la colección Los Presentes del Fondo de Cultura Económica.

La obra trata sobre las últimas horas de vida del magnate neoyorquino Harrison Fish. Es un hecho real: la colisión, a causa de la neblina, de un avión bombardero 8-25 de dos hélices con el edificio Empire State de Nueva York en 1945. La obra se desarrolla la mañana del 28 de julio de 1945, en una oficina del piso 70 y podría leerse como una sátira a la cultura norteamericana.

Como señalan Alejandra Herrera y Vida Valero de la Universidad Autónoma de México en un análisis sobre esta obra, “La hora de todos es una de las pocas obras dramáticas de Arreola, en la cual se pone de manifiesto su capacidad de condensar una serie de lecturas y tópicos universales que estructuran el espacio teatral. Esta obra es una asimilación de elementos de los géneros clásicos para criticar y ridiculizar la realidad del siglo 20, lo cual quizá se deba a que en estas épocas ya no existen héroes ni tragedias”.

El guardagujas, uno de los cuentos centrales de su narrativa, podría leerse también como un guion, como un soliloquio del que, por supuesto, Arreola sería el papel central.

INTERPRETAR A ARREOLA

La excentricidad del bombín, de la capa, de la oscuridad de un personaje que iba de esa etiqueta en bicicleta a todos lados, ese actor que nunca dejó ni en la televisión, fue el proyecto de personaje que modeló durante toda su vida.

“Qué difícil sería interpretarlo”, dijo López García. “Estamos hablando de un personaje exacerbado, una voz que no paraba, un hilo vocal que no se terminaba y que a veces se atropellaba por el nerviosismo, sería difícil encarnarlo”.

El actor tapatío Jesús Hernández lo hizo. En una escenificación de una famosa entrevista que le hizo Emmanuel Carballo a Juan José Arreola en los 70, en los miércoles literarios en la Sala Elías Nandino del Ex Convento del Carmen. “Carballo hacía su propio papel y yo daba las respuestas que Arreola dio, aunque entonces ya no vivía. Hicimos dos veces esa entrevista. Era un gran nerviosismo, pues, porque cómo iba yo a hacer el papel de Arreola, intenté ser un poco parecido, pero nunca buscamos una actuación identificada con él, sólo darle cierto parecido a su voz para dar las respuestas”.

Hernández, recientemente galardonado con el Premio Jalisco en el ámbito cultural, incluso compartió una única partida de ajedrez con el maestro Arreola cuando daba sus clases en el Ex Convento del Carmen y se reunía con Elías Nandino, donde lo escuchaban hablar sobre sus lecturas y experiencias. “Su presencia por lo menos en mi persona fue más que nada por lo que ya habíamos idolatrado de él, una persona teatral que fue siempre muy teatral, toda su vida fue una gran obra de teatro”, dijo.

Si volviera a interpretar a Arreola en una obra, usar su capa, su sombrero, intentar poner su voz, no vacilará. “Para mí lo más importante sería ahondar en la fantasía del maestro, qué tantos simbolismos y alegorías hay ahí que nos puedan dar luz acerca de nuestra propia existencia: los cuentos no siempre son lineales ni claros. Trataría de alocarme, de entender su locura, entender este tipo de locura que es muy teatral, que vivía en su cabeza sus propias fantasías y que volcaba en lo que escribía, entrar a ese mundo fantástico, trataría de perderme en eso”, contó.

“Era un hombre exuberante en su manera de hablar, un hombre cosmopolita, sobre todo me llamaba la atención esa exuberancia teatral de su expresión, muy mímico, platicador con sus manos. Lo escuchamos muchas veces y hablar de muchos temas, sobre todo literatura”.

Momentos clave

  • Su cuento El guardagujas es uno de los que se consideran de mayor teatralidad
  • La hora de todos es una obra poco conocida , pero fue escrita especialmente para el teatro

Imparable. Uno de los grandes dones histriónicos del escritor fue la oratoria, base fundamental de su teatralidad.
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FRASES

“Arreola es fundamental como amante del lenguaje y la palabra escrita, pero también de la palabra hablada, él mismo era un ser teatral, por lo que representaba, por el personaje en que todo el tiempo estaba encarnado”
Jorge Fábregas, dramaturgo

“Estamos hablando de un personaje exacerbado, una voz que no paraba, un hilo vocal que no se terminaba y que a veces se atropellaba por el nerviosismo, sería difícil encarnarlo”
Verónica López García, crítica teatral

“Para mí lo más importante sería ahondar en la fantasía del maestro, qué tantos simbolismos y alegorías hay ahí que nos puedan dar luz acerca de nuestra propia existencia: los cuentos no siempre son lineales ni claros”
Jesús Hernández, actor