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Paridad ilusoria

El primer reconocimiento de la actual Legislatura federal es el logro de la paridad de género en su integración: la Cámara baja está integrada por 48.2 por ciento de mujeres y 51.8 hombres; mientras que el Senado, con 49.2 de mujeres y 50.8 de hombres. Este avance se dio de manera paulatina, primero por voluntad de sus dirigencias y luego por obligación constitucional. La Cámara alta pasó de tener tan sólo 7.8 por ciento de mujeres en la 55ª Legislatura; luego llegó a 12.5, 14.8, 15.6 y 32.8 por ciento en sucesivas. Mientras la Cámara de Diputados pasó de 7.4 en la 55ª Legislatura a 15, 17.2, 16.6, 23, 22.8, 28.4, 37 y 42 por ciento hasta la pasada.

Las mujeres también han estado cada vez más presentes en los congresos locales y en los cabildos, aunque en las gubernaturas sólo hemos tenido, de 1979 cuando Griselda Álvarez Ponce de León fue elegida como gobernadora del estado de Colima, siete gobernadoras (sin incluir a Claudia Sheinbaum, jefa de Gobierno electa en CDMX y a Martha Erika Alonso Hidalgo, gobernadora electa en Puebla, si se confirma su triunfo después del nuevo cómputo ordenado por el Tribunal Electoral).

Sin embargo, debemos decir que, a pesar de la nueva integración paritaria en el Congreso de la Unión, ninguna mujer ocupará alguna coordinación de bancada de las cámaras: todas ellas están encabezadas por hombres, lo cual es lamentable. Aunque también los es cuando en otras latitudes –en especial en Chiapas, donde varias mujeres dejaron sus cargos de elección popular para que un hombre las sustituyera en el cargo– simplemente son pantalla, pues en realidad ellas no dirigen los destinos de sus municipios.

Este escenario sólo es el reflejo del panorama de la condición actual de la mujer en nuestro país. Con una población mexicana donde 75 por ciento es de 15 años y más; sólo 59.8 de ella es la económicamente activa (PEA) y, de ella, 38.4 es población femenina (en 2000 era de 35 por ciento), aunque las cifras analizadas a detalle indican que en México, a pesar de mejoras en las oportunidades de trabajo, existe una desigualdad de género en el ámbito laboral, condición que origina menores oportunidades de desarrollo profesional para las mujeres.

El Banco Interamericano de Desarrollo recién difundió una publicación titulada Ciudades inclusivas: productividad urbana a partir de la igualdad de género, donde divulga una serie de datos interesantes. Por ejemplo, en ella se afirma que de los países pertenecientes a la OCDE, las mujeres perciben 16 por ciento menos de salario que los hombres; que México ocupa el lugar 83 de 135 países en el último reporte de brecha de género; pero que las mujeres destinan más de 70 por de sus ganancias a su familia (mientras que los hombres sólo destinan 40); que de cada cinco pequeñas y medianas empresas que se abren, tres están lideradas por mujeres; que 37 por ciento del PIB nacional lo aportan las mujeres empresarias.

Asimismo, que de cada 100 mujeres que solicitan un préstamo para invertir en su empresa, 99 salda sus deudas de manera íntegra; que las mujeres sólo representan 16 por ciento del sector empresarial del país; que las mujeres mexicanas tienen mayores tasas de graduación del nivel universitario que los hombres: 21 por ciento comparado con 18 de los hombres; pero que las mexicanas están subrepresentadas en los cargos directivos; ganan menos que los hombres y tienen menores probabilidades de tener un negocio y emplear a otros trabajadores que sus pares masculinos.

A pesar de que el impacto de la mujer en la creación de riqueza, la reducción de la pobreza y la mejora de las oportunidades para los niños es mayor que en cualquier otro momento de la historia de México, está muy lejos de establecer condiciones reales de paridad de género. Tenemos mucha tarea por delante.

iortizb@gmail.com

JJ/I