Congruencia y cambio social

¿A quién le beneficia y a quién le perjudica hablar de congruencia? En términos generales, podemos decir que quienes invocan la congruencia entre lo que se dice y se hace suelen suponer que difícilmente alguien les podrá demostrar que actúan en contra de lo que proponen, porque claramente nadie busca exponerse públicamente al juicio social, especialmente en asuntos de carácter público.

Ciertamente, cuando se trata de escoger a la persona idónea para desempeñarse en un puesto, especialmente si implica la responsabilidad de atender asuntos muy delicados, la congruencia entre las actitudes requeridas y las que vive la persona que aspira al cargo es fundamental. De modo que, en principio, no conviene encargarle a una persona que disfruta creando división y pleitos en los grupos con los que convive una comisión que tiene el objetivo de generar una propuesta de reconciliación.

Claro que, siendo realistas, es imposible encontrar a una persona que sea totalmente congruente con los valores que rigen su vida, pero dependiendo de las apuestas que cada quien hace al momento de definir a qué le dará más peso en el momento de tomar decisiones, la congruencia puede ser más o menos difícil de mantener.

De modo que, quien ha elegido defender una situación social que le genera privilegios más o menos ilegítimos, que le otorgan una situación ventajosa, puede tener menos dificultades para ser congruente que otra persona que está tratando de cambiar una situación como ésa y que le implica renunciar a sus propios privilegios, y esta segunda persona podrá ser tachada de incongruente con mucha mayor probabilidad que la primera.

Resulta entonces que alguien que defiende los valores propios del machismo, al ser esa la postura que domina nuestra sociedad, podrá asumir actitudes machistas, y discriminar a las mujeres sólo por serlo, y claramente podrá proclamarse como una persona congruente. En cambio, otra persona, perteneciente a la misma sociedad, que pretenda vivir conforme a ideales más equitativos en lo que a la relación entre los géneros se refiere, tendrá más probabilidades de caer en situaciones incongruentes en buena medida porque tiene que aprender a vivir esa equidad, sin tener experiencia previa de cómo hacerlo.

Como vemos, hablar de la congruencia en abstracto puede ser una trampa, especialmente cuando ese discurso lo utilizan quienes desde su posición ventajosa quieren mantener estable el actual e injusto estado de cosas, y les sirve para deslegitimar a quienes quieren modificar dicha situación, e implícitamente afirmar que lo mejor es dejar todo como está.

En ese caso la trampa consiste en que se quiere juzgar la justicia de una causa o de una idea tomando como base únicamente la actuación de quienes la impulsan. Y con esto no quiero decir que no debemos exigir congruencia a quienes impulsan causas justas, al contrario, es necesario hacerlo, pero tomando en cuenta las dificultades que tienen que superar.

Además, lo que hay que juzgar no es tanto la congruencia de una persona con ciertos valores, sino la congruencia de esos valores con lo que la sociedad en su conjunto requiere. Porque, como lo he explicado en este mismo espacio, los valores no son únicos ni universales, por el contrario, son producto de las apuestas que cada persona y cada sociedad hacen en un momento dado, al decidir a qué están dispuestas a renunciar y a qué no, en función del valor que le otorgan a cada cosa o situación. Así que al cambiar el contexto cambian los valores.

Y hasta el momento, lo que podemos ver es que la apuesta por la ganancia individual, a costa de lo que sea, está causando más perjuicios que beneficios a la generalidad de la población. Valdría la pena revisar qué tanto situaciones como la incapacidad para resolver de manera pacífica nuestros conflictos, el cambio climático, la pobreza y otras más que nos aquejan son fruto de nuestros valores sociales, y juzgar su congruencia con lo que necesitamos.

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@albayardo

JJ/I