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Las fronteras

El viernes, un gran contingente de migrantes procedentes de diferentes países centroamericanos intentó ingresar a México a través de la frontera con Guatemala. Desde el anuncio de la realización de esta caravana que tiene como destino a Estados Unidos, ha habido diversas reacciones al respecto, principalmente desde este último país, cuyo presidente, Donald Trump, ha pedido e incluso amenazado a México para que no se permita que este grupo logre llegar a la frontera entre ambas naciones.

Antes de evaluar los argumentos en pro y en contra, creo que es justo decir que ésta es una de las crisis humanitarias y diplomáticas más fuertes a las que se ha enfrentado México. Ya antes habíamos presenciado desde lejos la tragedia de los migrantes a raíz de la guerra civil en Siria; habíamos visto las imágenes de los refugiados naufragando en el Mediterráneo, o siendo colocados en campamentos en Turquía y en Italia, en donde no sabían qué hacer con ellos y cómo atender sus necesidades apremiantes. Ahora nos toca a nosotros. Si bien es cierto que los números no son tan impresionantes como en aquel caso (se estima que hay 11 millones de refugiados sirios), también es cierto que 5 mil refugiados no es un número trivial. Implica una logística impresionante para procesar sus solicitudes y apoyarlos a lo largo de su trayecto, ya que una vez que ingresan legalmente al país, no hay motivo para impedirles su desplazamiento.

La postura de México, expresada a través del presidente Peña Nieto ha sido clara: se aceptará a toda persona que cuente con sus papeles migratorios y se atenderán aquellas solicitudes de asilo para que puedan quedarse en el país. Sin embargo, quienes ingresen de manera ilegal, serán detenidos y deportados. Es aquí en donde comienzan a entrar en conflicto principios y leyes. ¿Cómo responder ante la apremiante necesidad de personas que huyen de sus países porque está en riesgo su vida y al mismo tiempo respetar las leyes migratorias a las que cada país tiene derecho? Y a esto hay que agregarle el dilema diplomático en el que la soberanía de México está siendo menoscabada por las amenazas de Trump. Por cierto, es notable el silencio de la Organización de Estados Americanos (OEA) al respecto; tan sólo un tímido tuit del secretario General, Luis Almagro, pidiendo que se respeten los derechos de los migrantes; pero sin convocar a una reunión de los miembros para afrontar esta situación o, por lo menos, buscar soluciones de forma conjunta.

Mi opinión es que es necesario atender el problema desde dos frentes. Uno es atender la emergencia humanitaria antes de que se convierta en una tragedia, pero también es necesario cambiar las circunstancias que hacen que este problema persista: aun si resolvemos satisfactoriamente esta crisis, no habremos hecho nada para modificar la raíz del problema, pero eso pasa por políticas de ayuda a largo plazo, entendiendo que en lo que eso sucede, es muy probable que sigamos teniendo caravanas con rumbo al norte.

Es urgente cambiar la situación económica, política y de seguridad en Centroamérica; la OEA debería promover una iniciativa de desarrollo local para eliminar las causas que obligan a la gente a huir de sus lugares de origen. Generar núcleos de prosperidad, resolver las crisis democráticas y dar apoyos reales para el combate a grupos como las maras (pandillas) ayudaría mucho a disminuir la migración, mucho más que las amenazas desde Washington.

En el corto plazo me parece sensato lo que el candidato por Texas al Senado en Estados Unidos, Beto O’Rourke, dice a propósito de la migración: “Tenemos que cambiar las leyes para que reflejen nuestros valores, nuestros intereses, nuestras experiencias; aquello que sabemos que es cierto y bueno... tenemos que expandir nuestro sistema de visas y aceptar a quienes ya son, para todos fines prácticos, americanos”. Dar prioridad a la ley por encima de la tragedia humana es un error.

casas04@gmail.com

da/i