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Maquiavelo y López Obrador

Si no atenemos a los datos que revelan las recientes encuestas en torno a las decisiones de nuestro presidente Andrés Manuel López Obrador, todo parece indicar que aprovechó muy bien sus cursos de teoría política (no olvidemos que es el primer presidente mexicano egresado de una licenciatura en ciencias políticas), pues está respetando las reglas que Maquiavelo enunció para que un príncipe (una autoridad política) adquiera y conserve el poder.

Maquiavelo es un clásico, porque muchas personas han oído hablar de él, y saben de qué trata su libro más importante, aunque no lo hayan leído. El problema con eso es que se presta a malas interpretaciones, de ahí que el adjetivo maquiavélico sea, para muchas personas, sinónimo de maléfico, lo cual es un error.

Maquiavelo es, de alguna manera, el fundador de la ciencia política, es decir, del estudio del poder político a partir de sus manifestaciones, de lo que realmente ocurre, más allá del deber ser, que es el tema de la filosofía política. Y en sus estudios, Maquiavelo se dio cuenta de que hay reglas básicas que cualquier persona que en verdad quiere ejercer el poder político debe respetar, pues de otra manera no lo conseguirá, o si lo consigue, le durará muy poco el gusto.

Entre esas reglas existen algunas que se refieren a la relación afectiva que el gobernante debe tener con el pueblo a su cargo, que se resumen en tres sentimientos dirigidos hacia quien ejerce la autoridad: amor, temor y odio. Los dos primeros deben fomentarse para conseguir y acrecentar el propio poder, y el tercero debe evitarse al máximo porque contribuye a disminuir e incluso a destruir el poder.

De modo que, de acuerdo con Maquiavelo, lo mejor para un líder es que le amen y le teman al mismo tiempo, porque el amor hará que le aplaudan en lo que haga bien y que fácilmente lo perdonen cuando cometa algún error, y la gente hará lo que sea para que siga siendo su líder. Pero, sigue explicando Maquiavelo, si no es posible suscitar ambos sentimientos, entonces es mejor fomentar el temor, porque el temor impedirá a la gente oponérsele y organizarse para quitarle poder.

Por otro lado, según el mismo Maquiavelo, el peor error de alguien con poder es actuar de manera que se suscite el odio generalizado hacia su persona, porque el odio destierra el amor y se sobrepone al temor. Un pueblo lleno de odio no se detiene sino hasta que ha destruido al objeto del mismo.

Así pues, por lo pronto, podemos decir que López Obrador logró suscitar la esperanza y el amor de una buena parte de la población; eso es claro en encuestas recientes en las que se ve que quienes votaron por él siguen apoyándolo. Claro, esto no es generalizado, porque muchas personas que votaron en contra de él siguen enojadas, y han continuado con su campaña para tratar de suscitar el odio y el rechazo generalizado contra él, que funcionó relativamente bien hace 12 y seis años. Es decir, muchos de quienes están en contra de López Obrador al parecer también leyeron a Maquiavelo, pero tal vez no lo entendieron igual de bien.

Ahora bien, el problema con esto es que el debate político que de por sí es muy apasionado, porque hay ocasiones en los que nos estamos jugando la vida, literalmente, dependiendo de las decisiones que se tomen, se ha vuelto casi imposible. Y, como lo he comentado en este espacio en otras ocasiones, el riesgo es que se silencie a quienes pudieran aportar una crítica sensata y bien intencionada hacia las decisiones del presidente.

Sin ir más lejos, al momento de escribir estas líneas se acababa de aprobar la creación de la guardia nacional, con un diseño que va en contra de la opinión de personas muy sensatas, y con muchas evidencias y análisis que las respaldaban. ¿Cómo podemos retomar el diálogo?

protagoras_xxi@yahoo.com.mx

@albayardo

JJ/I