La desolación de Javier Valdez

La columna que había pensado para escribir sobre las calandrias motorizadas tendrá que esperar. El lunes 15, hacia el mediodía, revisando el Facebook me topé con un post de Itzel Miranda que daba cuenta de la muerte de Javier Valdez “gran amigo, periodista y sobre todo gran ser humano” al tiempo de que se preguntaba “gobierno, dónde estasssss” (sic). El nombre no me sonaba conocido y solamente pensé que se trataba de otro asesinato, uno más, de un periodista en un país en el que ese tipo de noticias se ha convertido en algo lastimosamente ordinario. Sin embargo, en el transcurso de las horas, las redes sociales se encargaron de suministrar abundante material que hablaba de la trayectoria personal y profesional del periodista abatido. Supe entonces que fue cofundador del semanario RíoDoce, una publicación que se ha dedicado a documentar y denunciar los estragos sociales de la guerra contra el crimen organizado en el estado de Sinaloa.

Pude entonces conocer y apreciar la calidad, profundidad, pero sobre todo el alcance social de sus escritos. Comprendí entonces la conmoción y la consecuente indignación que su asesinato provocó en las redes sociales. Se multiplicaron los reconocimientos de sus compañeros de gremio. Reconocimiento hacia la pulcritud de su prosa, de su actitud valiente y comprometida, pero especialmente hacia la originalidad de su mirada que transformaba al hombre común, al agredido, a la víctima, en el protagonista de sus crónicas. Ya en una entrevista que le hicieron en 2006 a propósito de su libro De azoteas y olvidos, Javier apuntaba su intención por convertir las vivencias de las personas anónimas, en el centro de su trabajo literario.

Paradójicamente esa decisión lo convirtió –a raíz de la irracional y descabellada guerra promovida por Felipe Calderón contra el crimen organizado– en el documentalista por excelencia de los estragos sociales perpetrados por la ejecución de una estrategia que lejos de eliminar la delincuencia la ha fortalecido. Sus libros Miss Narco (2007), Los morros del narco (2011), Levantones (2012), Con una granada en la boca (2014), Los huérfanos del narco (2015) y Narcoperiodismo (2016), así como Malayerba, su infaltable columna en RíoDoce, constituyen la crónica más precisa y puntual del fracaso gubernamental desde la mirada de las víctimas.

En este contexto se explica cómo de las expresiones de protesta y condena hacia el crimen, la indignación fue derivando a una convocatoria a manifestarse en las calles. La tarde del mismo día un grupo de periodistas lo hizo en el Ángel de la Independencia. Por su parte, el colectivo Periodistas de a Pie circuló la invitación a realizar sendas manifestaciones el martes 16 en Guadalajara. Por la mañana frente a la PGR y por la tarde en la Plaza de Armas, que finalmente se movió a la Plaza de la Liberación.

Un poco más de un centenar de personas, la mayoría vinculadas al periodismo, se hizo presente para recordar y homenajear a Valdez. Jade Ramírez leyó el posicionamiento y cuando se le quebró la voz, muchos experimentamos el mismo efecto. Como un relámpago nos sacudió la atrocidad de su muerte, la magnitud de su inmolación. Y entonces sentí que éramos muy pocos los ahí reunidos. Que faltaban muchos, activistas, periodistas, estudiantes, que faltaban académicos, que faltaban ciudadanos, que faltabas tú.

No pude evitar recordar un fragmento de la entrevista que para Territorio le realizó Javier Angulo en el que se refirió a la soledad del periodista. “El caso de Rubén Espinoza –dijo Javier– es un caso representativo del periodismo en México, un periodismo frágil, vulnerable, que está solo y desolado, es decir, yo veo a Rubén Espinoza en medio del páramo, desnudo, lo veo frágil, expuesto, sin ninguna opción de salvación, sin salida, con el dibujo de la diana de tiro al blanco esperando ser asesinado”.

Seis meses después. Vulnerable, frágil y solo, Javier cayó asesinado. Lo mató el crimen, lo mató el gobierno, lo matamos todos.

fracegon@gmail.com