Ver para creer

El optimismo hace pensar que esta vez algo pasará. Sí, quizá no en el corto plazo, pero pasará.

La desconfianza y la incredulidad en la que estamos instalados desde hace tiempo dicen que no será así. Y ganan una vez más y convencen de que nuevamente el tiempo se encargará de diluir la situación y todo quedará impune.

Aunque Enrique Peña Nieto haya dicho, con su expresión más compungida, que esta vez no es discurso, no pudo arrancar el escepticismo ya profundamente enraizado.

 Las agencias difundieron las fotografías del presidente dialogando con fotógrafos y camarógrafos, intentando solidarizarse y convencerlos de la bondad de las acciones que había anunciado para garantizar la libertad de expresión y la protección de periodistas y defensores de derechos humanos, ante los asesinatos recientes de periodistas.

El presidente habló de esperanza y de tener tranquilidad porque los responsables de cobrar la vida de miembros del gremio periodístico serán encontrados, juzgados y castigados.

Habló de que su gobierno se ha distinguido por ser respetuoso de la libertad de expresión; sostuvo que su gabinete de seguridad y los gobernadores que lo acompañaban en Los Pinos se llevarían la tarea de hacer justicia. Lo que no dijo es que ya van tarde, muy tarde en la encomienda.

Ya  son 38 muertes (hay quienes citan 45) de periodistas en lo que va de su administración y apenas se aborda la problemática. La herida al gremio no cierra porque tan sólo de marzo hasta aquí son seis las vidas perdidas, y las reacciones más rápidas sólo han sido condenar los hechos e intentar desligarlos de la labor periodística.

¿Razones para no tener la esperanza y tranquilidad que pide? Las acciones que anunció tienen que ver con el mecanismo de protección de periodistas y defensores de derechos humanos, que hasta ahora se distingue más por sus pocos  resultados.

El que se anuncie que ahora sí se va a fortalecer, que ahora sí tendrá presupuesto, es la aceptación de que dar protección no ha sido un objetivo prioritario.

El que se anuncie que ahora sí la Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos contra la Prensa también tendrá mayores recursos y  ministerios públicos capacitados, equivale a reconocer que ha sido un elefante blanco dentro de la estructura de la Procuraduría General de Justicia.

Cuando la agencia informativa del Estado ridículamente intenta acallar el grito de “¡justicia!” de los reporteros, que escuchó el presidente cuando pedía un minuto de silencio por los periodistas asesinados, también se pierden razones para pensar que las cosas cambiarán y que el respeto a la libertad de expresión es un distintivo. 

A México ya se le colocó como uno de los países más peligrosos para ejercer la profesión del periodismo.

El Comité para la Protección de los Periodistas, con sede en Nueva York, es implacable: en un informe detalló que la impunidad endémica permite a los grupos criminales, los funcionarios corruptos y los cárteles de la droga silenciar a sus críticos.

El comité registra 50 periodistas y trabajadores de medios de comunicación asesinados desde 2010.

Un caso mencionado para ejemplificar esa impunidad endémica de la que habla es el asesinato de Marcos Hernández Bautista, el 21 de enero de 2016, quien era reportero del periódico Noticias, Voz e Imagen de Oaxaca.

Se declaró culpable a un ex comandante de la Policía Municipal y lo sentenciaron a 30 años de prisión. Pero el ex alcalde, quien según el comandante ordenó el asesinato, no fue juzgado.

Ante un panorama así cuesta mucho creer que no es sólo un discurso más el que se pronunció en Los Pinos o ¿hay que dar el beneficio de la duda?