Desordenando el sistema

Hace algunos meses que los partidos de la clase en el poder, con sus acciones y decisiones, antes de que se hiciera de manera oficial, iniciaron ese proceso político que en México se conoce como la sucesión presidencial. A pesar de la crisis que tienen los partidos como instrumentos para concitar la participación electoral y la representación política, no se ve que estén interesados en modificar de fondo sus formas de hacer política. Todo lo contrario, siguen constatando que su horizonte político está regido por dos principios: el dinero y el poder.

De esta manera, lo interesante de este proceso lo están aportando los pueblos originarios de México. Mismos que a través del Congreso Nacional Indígena, apoyados por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), pero más allá de ellos, están integrando el Concejo Indígena de Gobierno (CIG) para, a través de éste, intervenir en el proceso electoral. Pero, aparentemente de manera contradictoria, tiene este propósito, pero, afirman, lo que menos les interesa son los votos y disputar el poder. Lo que les interesa es desplegar un nuevo proceso organizativo por todo el país aprovechando la coyuntura electoral pero no limitándose a sus tiempos ni a sus normas.

En efecto, es más bien una especie de despropósito. O como en un principio la definió el propio EZLN: es una propuesta absurda. A pesar de ello, en los pocos días que lleva circulando la idea se ve que puede constituirse en todo un reto y un desafío político no sólo para el sistema sino para los propios zapatistas, sobre todo los urbanos, en términos de que éstos encuentren formas organizativas que les permitan contener la guerra de exterminio que el Estado y el capital han instalado en todo el país y que nos está costando muchas muertes humanas y una destrucción de la naturaleza sin precedentes.

No es pues una iniciativa vulgarmente electoral. Y no lo es porque los problemas que estamos enfrentando en México no encontrarán nunca su solución en un proceso electoral. Por ello es, o pretende ser mucho más compleja y profunda que eso y de ahí la importancia de detenernos en ella para intentar entenderla de forma más cabal. Sería grave que por no explicarla bien terminara confundiéndose y desviándose de su objetivo central.

En este sentido, por ahora, me interesa enfatizar que, según entiendo la propuesta, no se trata de una candidatura personal. Es decir, Marichuy no es la candidata presidencial. Es la vocera del CIG, quien, en los términos de la propuesta original, es el candidato. Entonces esto significaría que ella es la portavoz, que por su voz hablará el CIG. Sí, claro, ya sabemos que eso no está considerado, ni siquiera imaginado como posibilidad en las reglas electorales que haya una candidatura colectiva o no personalizada.

Aquí empieza a asomarse lo absurdo y lo desafiante de la iniciativa. Se propone hacer política sin constreñirse a las leyes y los tiempos electorales. Se propone intervenir en la coyuntura de un proceso electoral presidencial sin plantearse como objetivo la disputa del poder y ni siquiera la obtención del mayor número de votos. Bueno, ni siquiera es preocupación significativa el tema de conseguir la cantidad de firmas que exige el INE para ser registrada una candidatura independiente.

Según la lectura que hago de su propuesta, nada de lo anterior importa. Lo que interesa, lo han enfatizado tanto el CIG como su vocera Marichuy, es la organización de la gente de los pueblos y de las ciudades para estar en condiciones no sólo de resistir sino de contener la guerra de exterminio que se despliega en varios frentes. A eso es a lo que se está convocando y por ello difiere radicalmente de lo que plantean los partidos.

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