Septiembre, muy cruel para los mexicanos

Frente a la catástrofe no le demos vueltas a la buena intención y declaraciones altruistas, pero no basta quedar bien en las declaraciones y menos en los desplantes de partidos, dirigentes y gobernadores que se adelantan con astucia política para anunciar que están dispuestos a hacer donaciones, a sabiendas que no basta la buena voluntad. Y que no hay el marco normativo adecuado para que en serio se les tome la palabra. Ojalá que de verdad estuvieran tan dispuestos para ceder financiamiento para la reconstrucción. Frente al cálculo político se impone la solidaridad desinteresada con que los mexicanos de a pie se apuntan y colaboran, al grado de que se requiere una buena coordinación para canalizar los apoyos y buenas voluntades.

Es muy importante que se hagan las adecuaciones legales para que las donaciones sean realmente viables. Ahí el legislativo llevaría mano para hacer posible que se canalicen fondos de los partidos y campañas para aliviar los daños que nos dejó este septiembre. Entonces vendrá la hora de la verdad, la sociedad mexicana será testigo de la voluntad política o de la simulación con que las diversas fuerzas políticas actúen.

Estoy convencido de que en este momento por el que pasa México, las donaciones reales y la coherencia con que actúen partidos, instituciones y funcionarios será la mejor propaganda que podría sustituir a las frívolas campañas, la propaganda-basura innecesaria. Al menos por esta ocasión la competencia puede generarse a través de la acción directa de los partidos, de quienes quieren gobernarnos ante la exigencia de la situación actual de un país dañado y con muchísimas necesidades para reconstruirnos.

El primer sismo del 7 de septiembre, de magnitud 8.2, causó grandes derrumbes y afectaciones en la infraestructura de Chiapas y Oaxaca y un pequeño tsunami en Tehuantepec. Fue más intenso que el del 19 de septiembre, pero causó menos daños en conjunto y su epicentro se situó a 700 kilómetros de la capital del país. El 19 de septiembre tuvo un epicentro a 120 kilómetros de la Ciudad de México (CDMX) y aunque su magnitud fue de 7.1 grados, afectó a un territorio en donde hay mayor concentración de personas, edificios y existe una red de cinco lagos, que al ser desecados formaron suelos arcillosos, más duros, que amplifican y alargan las ondas sísmicas. Existe un patrón bien definido y la combinación de factores que incrementan el riesgo. Ayer se contabilizaban 293 muertes en el país, de las que 153 se registraron en la CDMX, así como 38 edificios colapsados, cientos de heridos e incontables daños materiales. En Puebla y Morelos apenas vamos teniendo claro el recuento de los daños y hay menos víctimas mortales. El 19 de septiembre del 85, con un epicentro a 300 kilómetros de la CDMX se contabilizaron 412 edificios destruidos, 10 veces más daños que el actual. Si bien la capital sigue atrayendo la atención y los apoyos, por la magnitud y por concentrar casi a la mitad de víctimas mortales, no debe dejarse de lado el apoyo a las otras entidades que sufrieron daños importantes a lo largo del mes, sea con las inundaciones o con los sismos.

Pese a la tragedia podemos afirmar con esperanza que, en nuestro país, se ha consolidado una buena cultura de la solidaridad y acción inmediata de los ciudadanos frente a los desastres; aún los gobiernos se ven torpes y bastante desorganizados, al grado que no saben qué hacer o cómo aparecer y eso los ciudadanos lo rechazan. Podemos diferenciar claramente a funcionarios que tratan de salir en las fotos y no de asumir la responsabilidad que les corresponde en un momento crítico. Como muestra tenemos a Osorio Chong, quien, por tratar de lucir, fue apedreado; frente a un Aurelio Nuño, a quien se le observó concentrado en la tarea que el momento le exigía, aun cuando no salió de la CDMX.

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JJ/I