Educar para el fracaso

Los padres y los maestros cometemos la omisión de preparar a nuestros hijos y educandos en aceptar y enfrentar el fracaso.

El fracaso es algo que seguramente ocurrirá durante su vida en diferentes momentos. A los grandes empresarios y los científicos les gusta platicar de sus fracasos como lo hace el deportista de alto riesgo con sus accidentes. El deportista muestra con orgullo sus heridas, sus cicatrices del pasado porque eso significa que a pesar de los errores, lograron levantarse una y otra vez hasta lograr dominar su deporte extremo. Lo mismo ocurre con los científicos y los empresarios cuando de hablar de sus logros se trata; hay que mostrar el camino accidentado de la experiencia.

El fracaso es la muestra inequívoca de la superación. Cuando no enseñamos que el fracaso es parte de la vida, que hay que enfrentarlo y que hay que superar la frustración para volver a intentarlo una y otra vez, se genera un terror a hacer, a probar, a experimentar.

En la escuela y en el hogar penalizamos los errores, queremos que los hijos y los alumnos sean perfectos, sean de diez. Les vamos mostrando un camino hacia la perfección como algo ordinario lo que genera pavor a mostrarse ante el fracaso.

Una persona que ha logrado conseguir un triunfo, cierto éxito, un destacado nivel, desarrolla un temor a fracasar y caer de una altura mayor, por lo tanto al seguir ascendiendo, se paraliza. Aquí la importancia de enseñar desde pequeños a trabajar en equipo, de manera colaborativa, analizar los errores, las fallas, las adversidades, las debilidades que llevaron a un fracaso como algo ordinario, natural, como un proceso del éxito.

Los padres y los educadores creemos que deben desaparecer los concursos de las escuelas, las competencias y convertirlos en muestras evitando así la comparación, la medición y la competitividad. Queremos evitarles el sufrimiento de una derrota sin saber que la vida será una continua comparación y competencia personal y frente a la sociedad. De aquí que los niños y jóvenes deportistas desarrollen una habilidad para toda la vida, la aceptación de la derrota con la intención de una revancha que los llevará a ganar la siguiente ocasión.

Deberíamos pensar que los alumnos pueden equivocarse muchas veces pero que finalmente conseguirán el objetivo. Nuestro deber de padres y de educadores es introyectar en los hijos y los alumnos que cada meta no obtenida sea un resorte que impulse a obtener los medios para conseguirla, con esfuerzo, constancia, automotivación y disciplina. Un padre que va resolviendo la vida, que va evitando penas y trabajos terminará por paralizar el futuro del hijo.

@Saucedodlallata

JJ/I