Iré al fondo y me quedaré

Tocó, entonces, ir hacia la parte honda de la alberca. Hacía meses que, por un ejercicio poético, había entrado a aprender a nadar en el centro deportivo de la prolongación Alcalde, donde hasta ese momento todo había sido dulzura y diversión. Pero los dos muchachos que eran nuestros instructores (expertos en nado y wáter polo), habían decidido que ya era hora de probar otras aguas. Y fuimos hacia las más profundas.

Las primeras lecciones allí de algún modo fueron placenteras, sin angustias y con clavados de la orilla hacia un tramo breve de la esquina más cercana; pero luego seguía echarse clavados en lo más profundo y salir. Fue en ese momento que todo cambió. Yo, que había dado visos de hacer con gracia las cosas, fui el tercero en lanzarme. Entonces, animado por los jóvenes instructores, lo hice. Me concentré, confiado en los aplausos; como una flecha entré al agua para ir hasta tocar los azulejos. Las luces del lugar brillaron en ellos, se reflejaron iridiscentes ante mi mirada como los juegos que mi imaginación deseaba. Yo pensaba en nada, o quizás solamente en el juego que me había llevado a ese lugar a tomar las lecciones.

Me hundí, pues, y llegué en un santiamén a los azulejos. Justo a unos centímetros, hice un giro a mi clavado y di la vuelta para ascender. Pero el impulso no bastó. Me detuve a la mitad. Me paré no digo que en seco, porque estaba rodeado de esa agua que se movía como un ser vivo. Regresé, en todo caso, al fondo y volví a impulsarme. Nada. Llegué a la misma distancia. Y otra vez abajo. Y luego arriba. Y abajo. Y otra vez arriba, pero no tanto. El tiempo se alargó. Se estiró de tal forma que los segundos se hicieron una eternidad.

Lo intenté una y otra vez: arriba-abajo-arriba. Y nada. Luego, a la mitad de esa altura, me di –de algún modo– por vencido. Me dije: “Iré al fondo y allí me quedaré hasta que mi cuerpo flote por sí mismo…”. La angustia, que había sido fuerte, se perdió. Me abandoné. Algo, sin embargo, me volvió a impulsar. Era –así me dije– el último pujo. Subí con lentitud rompiendo las aguas, mas no logré una mayor distancia. Me sentí descender como si fuera el final. Mi final. Cerré los ojos; luego los abrí: un brazo me tomó de los cabellos –en 1995 los tenía largos– y me jaló hacia la superficie.

Vi los ojos desmesurados de uno de los jóvenes instructores. Ya el otro me esperaba en la orilla. Atemorizados me tendieron en el piso. Un círculo de gente me miraba…

Salí esa noche de allí y no volví más…

victormanuelpazarin.blogspot.mx

JJ/I