El problema de los plurinominales (Parte II)

El tema de la desaparición de los plurinominales ha sido abordado de la peor manera posible. La embestida feroz que los ciudadanos han dirigido hacia el obeso aparato legislativo se ha enfocado únicamente en el costo económico que significa su mantenimiento. Es indiscutible, ciertamente, que no se justifica seguir destinando el caudal de recursos a un organismo que se ha significado por ser tan voluminoso como improductivo. Desde hace muchos años, en el imaginario popular, el diputado es considerado como un parásito social, uno muy caro.

Por eso la propuesta de su desaparición, demanda que ha circulado desde hace tiempo en el ciberespacio y que recientemente ha sido enarbolada por el PRI, obliga a una revisión más profunda y ponderada de los alcances que una decisión de esta naturaleza tendría sobre nuestra muy incipiente democracia. En la entrega anterior se expuso el marco histórico-contextual en que surgió la discutida figura. Ahora abordaremos lo que nos parecen los principales aspectos del problema.

De entrada, habría que modificar radicalmente los términos de la discusión sobre los plurinominales y pasar del tema de los recursos para su mantenimiento a encuadrar su función en los términos de la representación política. De hecho, el malestar ciudadano hacia la figura de los diputados, tanto de mayoría como de representación proporcional (plurinominales), que se manifiesta por el repudio a su financiamiento oneroso, solamente es la expresión visible de una profunda insatisfacción que los ciudadanos de a pie sienten hacia quienes se ostentan como sus representantes.

No tanto es en el costo de los diputados, sin que esto sea menor, sino la ínfima calidad de su trabajo, donde radica el hartazgo de los ciudadanos. Más que un tema de dineros es un asunto que tiene que ver con la profunda crisis de representación política, que se expresa en el divorcio tajante entre el legislativo y los ciudadanos, que se manifiesta como una condición crónica y que no ha recibido una solución adecuada.

El problema central radica, lo decíamos en la entrega anterior, en que la figura del diputado de mayoría (uninominales), que en teoría representa a los ciudadanos de un determinado distrito, siempre ha sido una simulación. Tan pronto se sienta en la curul, olvida a los electores de su distrito y se alinea a las directrices de su partido. Pero además, su elección como diputados uninominales responde a un mecanismo que, en caso de hacer efectiva la desaparición de los diputados por representación proporcional, tendría consecuencias perversas en la conformación de los órganos legislativos, específicamente en lo relativo a la necesaria pluralidad.

Por ejemplo, si en las elecciones federales de 2015 la integración del Congreso solamente hubiera considerado a los diputados de mayoría, el PRI con 29.5 por ciento de la votación total obtuvo 155 curules, suficientes para controlar 51.7 por ciento de la cámara legislativa. Es decir que con solo el tercio de los votos tendría mayoría relativa. Si le adicionamos las 30 curules de sus partidos satélites (29 del PVEM y uno de Panal) alcanzaría 62 por ciento del total, con lo que ejercería un dominio casi absoluto. Los defensores a ultranza de la desaparición de los plurinominales (representación proporcional) deberían tomar esto en cuenta. En los hechos, la desaparición de los pluris entregaría el Congreso a los designios del PRI.

Éste es un punto central y hay que ser muy enfático. Con la eliminación de los plurinominales desaparecería la magra e insuficiente pluralidad de las fuerzas políticas que conforman el Congreso. Hay que insistir, hay que enfocar el tema desde la perspectiva de garantizar la pluralidad en el Legislativo y la calidad en la representación política de los ciudadanos. Tema de la próxima entrega.

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JJ/I