¿Es Alfaro un peligro?

No entiendo cómo un político tradicional, alcalde en dos ocasiones y diputado una vez, que ahora quiere ser gobernador, se pelea con la prensa crítica de su gobierno y la califica de “basura”; discute, literalmente, con ciudadanos que le reclaman obras mal hechas; se burla de los católicos que defienden su fe y le exigen respeto y que retire la imagen de la Virgen de Guadalupe que para ellos debe ser venerada y no expuesta como objeto de ornato en un camellón; y llega al extremo de encarar a un ciudadano al que reta a golpearlo y lo insulta con un sonoro “¡cabrón!”, al tiempo de que le ordena “¡mejor lárgate de aquí!” en un acto público.

¿Soberbia? ¿Desesperación? ¿Frustración? ¿Pérdida del piso y de la realidad? ¿O simplemente confianza plena de que tiene a los jaliscienses comiendo de su mano y que dócilmente le entregarán su voto en 2018, que no le impedirán que llegue a ser el próximo gobernador de Jalisco y que no habrá fuerza política alguna que se atraviese porque, como alguna vez le recriminó a los ciudadanos inconformes, es la “última esperanza” que hay? ¿O quizás se atiene a que existe una desconocida y oscura negociación política que le garantiza la entrega y su llegada al poder en bandeja de plata para ser el próximo inquilino de Casa Jalisco?

¿O existen otras razones para entender el extraño comportamiento recurrente de Enrique Alfaro Ramírez, presidente municipal de Guadalajara y dueño de la franquicia del partido Movimiento Ciudadano en Jalisco, a quien no pocos consideran ya el próximo gobernador?

Encerrado durante muchas semanas de lo que va del año en las “actividades privadas” de su agenda, Alfaro Ramírez parece confiar en exceso en sus sobrados activos a favor frente a sus potenciales adversarios a la gubernatura, que puede darse el lujo de denostar, menospreciar, insultar y agredir a todo aquel que no esté de acuerdo con él o que se atreva a criticar su actuación como gobernante.

Desde hace mucho tiempo que Alfaro perdió el contacto con los tapatíos, muchos de los cuales le dieron su voto. Hoy se encierra en el murmullo de quienes le hablan bonito, lo alaban y vanaglorian, de quienes le dicen lo que él quiere escuchar sin atreverse jamás a criticarlo, cuestionarlo o, mucho menos, contradecirlo. Y en la creación de este perfil hay no pocos medios de comunicación y periodistas responsables que veían en él –como si no fuese político y hubiera militado en una gran cantidad de partidos– al salvador de Jalisco y de la actividad política en el país.

Para encontrar una explicación o una respuesta a esta extraña conducta de un gobernante –que no es el único, por cierto; ahí están Andrés Manuel López Obrador a escala nacional o Nicolás Maduro, a nivel internacional– podemos irnos por la salida fácil –que muchos toman hasta en broma– de que el alcalde es un hombre de mecha corta o sumarnos a su sobado argumento, y que sus seguidores le aplauden y replican, de que detrás de sus críticos –llámense medios de comunicación o ciudadanos está el Partido Revolucionario Institucional.

También podríamos buscar una explicación de tan reprobable comportamiento al hecho de que al paso del tiempo, y por sus propios errores, ha ido perdiendo ventaja electoral frente a sus adversarios –aunque aún va en punta– y eso lo ha apanicado. O a su frustración porque aún no tiene un candidato presidencial como aliado con quién pueda hacer el 1-2 en la cada vez más cercana campaña a la gubernatura y eso lo colocaría en desventaja ante los demás candidatos.

Fácil sería sólo criticar su conducta iracunda frente al que llamó “cabrón” o su burla a los católicos. Pero no, porque Enrique Alfaro quiere ser gobernador del estado y debe encontrarse una explicación razonada a su reprobable y recurrente conducta.

ES TODO, nos leeremos ENTRE SEMANA.

JJ/I