Candidatos de primera, segunda y tercera

La partidocracia mexicana estableció tres categorías de candidatos. De los candidatos a mayoría relativa pasó a sumar a los de representación proporcional y, más reciente, a los independientes. Candidatos de primera, segunda y tercera. Ha sido un proceso histórico, político y jurídico en el que siempre sale beneficiada la partidocracia. De vez en vez reforma la Carta Magna y las leyes para mantener sus privilegios. Nunca pierde. Además lo hace como si les hicieran un favor a los ciudadanos. De esta manera los partidos políticos consiguen legitimidad, cada vez más cuestionada; aseguran que así fortalecen la democracia y la participación, pero de paso cooptan a la mayoría de los críticos vía abrirles curules, espacios e integrarlos al sistema político. Y todos contentos. Salvo los ciudadanos y las organizaciones que advierten el juego.

En las elecciones mexicanas las tres categorías de candidatos a presidente de la República, diputados locales, diputados federales o senadores están, digamos, en distintos niveles. Los privilegiados son los de representación proporcional. Militantes, adherentes, simpatizantes y todas esas figuras estatutarias prefieren ser candidatos de representación proporcional. Porque son los que no harán campaña electoral, no se desgastarán, no saldrán a las calles, plazas o domicilio en busca de votos.

Quienes aspiran a ser candidatos de representación proporcional pelean aparecer en los primeros lugares de los listados de su partido. Son el grupo selecto con mayores posibilidades de alcanzar una curul en el Congreso del Estado, la Cámara de Diputados o la Cámara de Senadores. Los restantes de la lista son de relleno. De ahí que los grupos políticos busquen colocar a sus principales miembros como la punta de los candidatos de representación proporcional. Del número de votos de cada partido dependerá su futuro. Sindicatos, organizaciones campesinas, asociaciones gremiales en general, grupos sociales, poderes fácticos llegan a esa élite de la partidocracia.

La segunda categoría son los de mayoría relativa. Que se pueden dividir en dos subtipos: los sacrificables, que participan en distritos electorales o entidades en que los pronósticos electorales prevén que perderán, pero sumarán votos a la causa partidista; los no sacrificables, que son postulados con posibilidades de triunfar. Los candidatos de mayoría relativa sí requieren trabajar fuerte en las campañas si desean ser competitivos. Aunque, si pierden, es posible que los arrope el grupo político al que pertenecen. Obtendrán un cargo, una comisión, un puesto, como recompensa. Cobran pertenecer a la cuota de sacrificio.

De tercera categoría son los independientes, reconocidos en los últimos años en la Ley General de Instituciones y Procedimientos Electorales. No todos los independientes son tan independientes. Los pseudoindependientes provienen de la cúpula política, de la partidocracia o de la élite mexicana, fueron defenestrados o no les hicieron caso. Y están los realmente independientes que buscan participar en los comicios sin pertenecer a un partido político. Como en el fondo la partidocracia no está dispuesta a que le resten curules y menos perder la presidencia del país, puso una absurda lista de condicionantes a los aspirantes independientes.

Si buscan contender por la Presidencia de la República se les pide la firma de 1 por ciento de los ciudadanos de la lista nominal, de electores de 17 entidades que sumen por lo menos 1 por ciento de las firmas; a senadores, 2 por ciento de la entidad y con ciudadanos de por lo menos la mitad de los distritos electorales que sumen mínimo 1 por ciento; y para diputados de mayoría relativa, 2 por ciento del distrito electoral, y que la mitad sume cuando menos 1 por ciento de las secciones electorales. Pocos aspirantes independientes podrán cumplir estos pesados requisitos, con periodos sumamente acotados. Añadamos las trabas técnicas que usa el propio Instituto Nacional Electoral para recopilar las firmas. La partidocracia creó gigantes vallas a las candidaturas que le son ajenas. El círculo selecto y privilegiado de la burocracia mexicana impuso sus reglas. No quiere compartir el poder. Menos soltarlo.

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JJ/I