La labor de la complicidad

Honestidad. La fotógrafa afirma que sus imágenes se completan siempre con la relación que logra con la persona o motivo captado por su lente. (Foto: Jorge Alberto Mendoza)

“Te va a parecer extraño, pero ahora ando fotografiando piedras que me encuentro en el camino”, contestó la gran fotógrafa de México Graciela Iturbide sobre su trabajo actual, horas antes de recibir de la Feria del Libro de Guadalajara el Premio Fernando Benítez de Periodismo Cultural, otro de los muchos homenajes de los que fue objeto este año y el que viene por su trayectoria que suma ya casi 60 años.

Imaginarla recorriendo el país, después del valor que ha adquirido su trabajo, mirando al suelo para encontrarse con un tesoro escondido y disparar su cámara, cuesta trabajo. Pero ella lo explica sencillo: hacen falta muchas cosas todavía por documentar.

“Este reconocimiento es fantástico para mí, es un aliciente para seguir fotografiando. Ahora, más que nunca, quiero fotografiar más. Seguir activa en mi trabajo”, contó en entrevista.

“Con el tiempo uno va mirando cosas diferentes en el país, sobre todo en un país que cambia tan rápido. Además uno también cambia, es el mismo lenguaje, pero ahora aparecen cada vez más en mi trabajo paisajes, objetos que antes no me interesaban. Cosas cada vez más específicas. Es natural, después de viajar y conocer el país el ojo se va afinando, ya no te fijas solo en lo que te fijabas, son muchas otras cosas, símbolos de lo que ya has fotografiado. Es un poco una espiral”.

Empezó a fotografiar a finales de los años 60, y por su lente han pasado muchos elementos que constituyen a un país tan diverso y complejo como el nuestro. Su obra toda puede leerse como una crónica infinita, una enciclopedia visual de los pueblos, las festividades y los pueblos indígenas a lo largo y ancho de la república.

“Descubrí un país realmente maravilloso, por supuesto con sus muchas partes marginadas, pero la gente maravillosa. Eso es lo que a mí más me importa, la gente, los rostros de la gente. Claro que ha cambiado, tanto ha cambiado que hay muchas comunidades a las que no puedo volver por el narco. Ahora viajo mucho a otros países para trabajar, pero en México tuve la suerte de encontrar una complicidad más profunda con muchas de las comunidades que fotografié”, dijo.

En los pueblos, dijo, las fotos se toman caminando, haciendo preguntas, leyendo a sus escritores y observando detenidamente la cultura del lugar antes de siquiera pensar en apretar el obturador. Dejarse sorprender.

“Todo te sorprende, es que el mundo es maravilloso. Con todos sus problemas y todas sus desgracias, hay todavía muchas cosas que te sorprenden: un paisaje, una escena extraña, ahora fui a Chile y tomé una fotografía que me encantó de unos perros peleándose en un mercado, reflejaba perfectamente la rabia de los seres vivientes. Me gusta tomar lo que veo en el camino, a las plantas, a los animales, ahora hasta las piedras, dijo entre risas, entre más lo hago más me doy cuenta que quedan muchas cosas por fotografiar, muchas cosas que son capaces de captar mi interés”.

Graciela Iturbide ha llevado más allá la definición de un fotógrafo o lo ha explotado hasta sus límites. No se conforma con tomar la fotografía y correr a imprimirla o publicarla, sino que busca relaciones profundas que detonen un quehacer mucho más profundo, estética y éticamente hablando.

En la entrevista contó el proceso de uno de sus más recientes proyectos fotografiando a los migrantes de Centroamérica en Oaxaca y el maltrato que reciben por los policías y los narcos mexicanos en el que trabajó para la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO).

“Conocí a un joven de la Mara Salvatrucha que salió huyendo porque no quiere matar, pero sigue fascinado viendo videos de los maras, se ve que es algo de lo que no se puede desprender tan fácil, pero está amenazado por el jefe de la pandilla de que lo tienen que matar, ese tipo de trabajos son muy duros, es cuando te das cuenta de lo que puede ir en la imagen. Si no hay complicidad entre ellos y tú, entonces no hay fotografía”, dijo.

“El retrato es un trato, ahí te das cuenta de la tristeza que tienen, siempre hay algo fuerte en los rostros y sólo ahí puedes captarlos. Pienso que no podría hacerse sin que haya una conversación, una complicidad de por medio”

Así como en los pueblos mexicanos, como en India, Bangladesh o Cerdeña, la principal herramienta además de su cámara análoga es el amor y el respeto por el otro y por su entorno. Para ella es importante casi vivir con ellos, entender de la mejor manera posible costumbres y acontecimientos complejos.

“El respeto. Y el respeto tiene que ver con no usar un telefoto y tomar a la gente desde lejos. Yo no tengo telefoto, yo tengo que tener una complicidad y tomarlos de cerca, siempre con su aceptación, jamás haría una foto a escondidas”, mencionó Iturbide.

“Lo importante es el resultado y cada quien puede fotografiar con el teléfono o con una digital, si hay una buena foto no importa con qué se hizo. Yo hago lo mío y me preocupo por hacer algo que me nace, el periodismo cultural siento que sería maravilloso si diéramos una visión de un México que no todos conocen, un México que hay que fotografiar también con dignidad. Un México maravilloso”.

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“Siento que sería maravilloso si diéramos una visión de un México que no todos conocen, un México que hay que fotografiar también con dignidad. Un México maravilloso”
Graciela Iturbide, fotógrafa

JJ/I