Meade, ¿en serio?

El anuncio de Meade como el abanderado del priísmo a la Presidencia da lugar a múltiples lecturas, pero me inclino especialmente por dos interpretaciones posibles. O bien constituye una decisión inteligente para presentar un candidato aparentemente ajeno a la corrupción y, por su condición de no militante, sin la carga de negativos del partido. O bien, en una clara muestra de la desesperación que priva al interior del partido en el gobierno, por encontrar el personaje que haga posible su permanencia en el poder.

Sin encontrar un candidato viable entre su numerosa militancia y de acuerdo con los usos y las costumbres de la designación presidencial, Peña Nieto se decidió por José Antonio Meade, un funcionario tan opaco como eficiente, que ha transitado en cargos de la administración gubernamental en los sexenios, independientemente del partido en el poder. Es uno de esos personajes transexenales que dan sustento a la existencia de un PRIAN.

Virtualmente desconocido hasta el día de su destape, con credenciales académicas, pero sin trayectoria política y sin una pizca de carisma, los spin doctor del Revolucionario Institucional tienen el desafío de convertir en pocos meses a un oscuro funcionario en un aspirante presidencial. Tarea que se antoja harto difícil y complicada.

Y es que la encuesta publicada por el diario Reforma luego del destape priísta ubica a su candidato Meade en clara desventaja frente a López Obrador, puntero indiscutible en casi todos los pronósticos electorales. En efecto, AMLO supera en todos los rubros a Meade así como a Ricardo Anaya, el previsible candidato del Frente.

Al optar por un candidato con un claro perfil de centro-derecha, el priísmo se inclinó por disputarle el segmento de las clases medias y altas al candidato del frente y a los independientes. Su apuesta es polarizar la votación entre la continuidad estructural que representa Meade y el cambio de modelo social que preconiza López Obrador. Es una apuesta riesgosa, toda vez que de acuerdo con la encuesta, no se aprecia la manera en que el candidato del PRI pueda atraer el voto de los frentistas y menos aún el de los independientes. Lo que se aprecia entonces es un fenómeno de dispersión y no de concentración del votante de centro-derecha, que no es otra cosa que música para los oídos de López Obrador.

Otra vez, de acuerdo con la encuesta, Margarita disputa el voto panista al candidato del frente, particularmente si fuera Mancera. Meade, que solamente cuenta con el voto duro priísta (baja escolaridad, rural) aparece indefectiblemente en tercer lugar. En contraste, AMLO encabeza las preferencias de morenistas, sin partido, e inclusive de los perredistas.

Pero también el Frente exhibe visos de desesperación. Luego del certificado de desahucio que les extendió Enrique Alfaro, la entronización de Miguel Ángel Mancera como abanderado perredista a propuesta de conspicuos militantes de la talla de Graco, Aureoles y Arturo Núñez, en una decisión unilateral que asesta otro golpe, que se antoja definitivo, a la integridad del Frente.

En este contexto de desesperación es donde hay que apreciar la reunión nocturna que en el marco de la FIL realizaron los actores estelares del Frente en la casa del presidente del evento y líder político del Grupo Universidad. Si alguno de los asistentes albergó esperanzas sobre la viabilidad del frente y un posible gobierno de coalición, la decisión de Mancera y su inevitable confrontación con Anaya se encargó de pulverizarlas. Y es que el Frente transita de hecatombe en hecatombe. A la división interna entre panistas se suma ahora la división entre perredistas. Lo dijimos desde un principio, ese acuerdo cupular estaba destinado al fracaso.

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JJ/I