Fin Cibernético

Califatos, dinastías e imperios son parte de la historia mundial. En algún punto de la misma todos se vieron en el espejo, su reflejo fue de grandeza, poder y superioridad. Se pensaba imposible que tanta magnificencia fuera a desaparecer; no obstante, el miedo a aquél sentimiento tan humano que siempre juega en nuestra contra los mantenía alertas a cualquier enemigo que pudiese poner en riesgo la grandeza del imperio.

Sin embargo, el proceso de extinción nunca ha sido por causas externas. Las dinastías se derrumban desde adentro, las ataques de terceros se dan cuando el reflejo es tan difuso e inseguro que las condiciones para destronar al rey son las óptimas. Y, pese a que la historia está ahí para ser consultada se mantiene ignorada, al menos por el Estado hegemónico del Siglo 20 y 21: Estados Unidos de América.

El fin a la era de la neutralidad en la red es más antiestadounidense que ser un neoyorquino socialista en tiempos de la Guerra Fría. La reforma aprobada en la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC, por sus siglas en inglés) termina con las medidas establecidas en 2015 bajo la administración de Barack Obama que tenía como objetivo blindar la equidad en Internet.

La nueva enmienda permite que los proveedores del servicio impongan un sistema de diferentes velocidades en función al pago. En pocas palabras: Internet para pobre e Internet para ricos, el liberalismo en su máxima expresión. Mientras en la Casa Blanca  AT&T, Verizon, Comcast y los gigantes de las telecomunicaciones destapan champaña y brindan por su victoria, el pueblo estadounidense se ha quedado desprotegido.

A diferencia del sistema aprobado en la pasada administración, las compañías ahora son capaces de lentificar la conexión, bloquear páginas de Internet y hacer del acceso a la web un tema de elitismo cibernético. Estados Unidos ha puesto fin al exitoso modelo del Sueño Americano, el cual se sostenía en un principio fundamental: la solidaridad entre nacionales.

Las barras y las estrellas hoy son un territorio que legisla en pro de la desigualdad, el Estado se hace a un lado y omite su responsabilidad como promotor y regulador de oportunidades para todos y transfiere los problemas a ser asuntos del mercado; es decir, mutar de ciudadano a consumidor.

Tal como lo explica Noam Chomsky en su documental Requiem for the American Dream: “Si conviertes a las personas en consumidores, te las quitas de encima y vuelves “al otro” el problema generando así un ecosistema de odio, poniendo fin al modelo de solidaridad sobre el cual ese país fue construido”.

El gigante se desmorona por dentro, los Estados Unidos han caído en la misma dosis que impusieron en Latinoamérica durante décadas para asegurar su hegemonía y nuestra falta de desarrollo: generar gobiernos que respondan a las corporaciones y no a los principios políticos que dan base a las sociedades modernas. No creo que sean asuntos de derecha o de izquierda, sino de mero sentido común.

jeyayo@hotmail.com

JJ/I