Insalubridad rodea a Hospital General

-Mal aspecto. Afuera del Hospital General de México Eduardo Licéaga el trabajo de intendencia no es suficiente ante la cantidad de basura que se genera. (Foto: Notimex)

Ciudad de México. El Sol ya emite sus primeros rayos y las inmediaciones del Hospital General de México Eduardo Licéaga huelen al despertar de quienes pernoctan en las bancas azules de concreto a la espera de noticias de sus familiares internados, a tamales y a toda la basura que nunca deja de brotar.

Con la mañana, la calle de Doctor Pasteur, en la colonia Doctores, abre paso a las blancas lonas que cubren los puestos ambulantes.

La señora de los tamales canta a gritos el menú: “¡Tamales fritos, de mole y de verde!, ¡atolito de chocolate para el frío!”. Otra mujer prepara afanosamente los jugos y aunque en una tina con agua turbia enjuaga aún así un pequeño grupo de personas espera con paciencia un jugo de naranja.

La calle Dr Francisco Parra, justo frente al Hospital General, es testigo al menos tres veces por semana de un tianguis cuyas lonas rojas albergan puestos de comida, cosméticos y otros enseres.

Así, las calles aledañas al nosocomio se convierten en un microcosmos en donde familiares y hasta doctores acuden a comer un taco o comprar chucherías mientras sus pies revuelven la basura que desde la mañana emana con fuerza de entre esas calles.

“Antes era peor”, comenta Juana, quien desde hace algunos años supervisa las labores de intendencia del hospital.

Según refiere, hasta hace al menos un año los ambulantes se situaban justo a las puertas del nosocomio incrementando así el trabajo de Patricio, quien barre la entrada del hospital y que cada día saca al menos 10 bolsas de basura.

A la garnacha

Con la mañana, los hambrientos doctores salen a buscar algo que llevarse a la boca después de las extenuantes guardias nocturnas. La comida que les dan en el hospital no les apetece, a decir de un médico especialista en nutrición que prefirió omitir su nombre. Las garnachas de enfrente son más sabrosas.

A un lado de la entrada del Metro, frente al hospital, hay un amplio puesto de quesadillas: en la mesa descansan al menos 10 diferentes recipientes de guisados, los pambazos a la intemperie esperan ser devorados.

Al nutriólogo le tocó hacer la misión de buscar alimentos para llevar a sus compañeros y a ese puesto acude al menos unas cuatro veces por semana.

También, cuando el antojo les da para algo más fuerte, acuden al puesto de carnitas de la esquina del hospital, en la avenida Cuauhtémoc.

“Se ven limpios, eso es lo que da confianza y nunca nos hemos enfermado”, comenta mientras espera la comida para llevar a los hambrientos médicos que esperan en el nosocomio.

En el puesto de carnitas, hay al menos cuatro personas ataviadas con sus batas blancas, tres de ellos estudian en el hospital y al menos una vez por semana corren a comer tacos de buche, nana y maciza.

“Con tres tenemos”, dijo uno de ellos. Además se gastan sólo 42 pesos.

El taquero, que se hace llamar El Primo, mueve afanosamente una cacerola de ebullentes carnitas. Trabaja ahí desde hace 10 años y con orgullo dice que al puesto acuden todos los doctores.

El Primo comenta entre dientes que es la delegación la que les otorga los permisos para trabajar en las inmediaciones del lugar.

En la calle de Dr. Lucio, aún cuando la acera en la que descansa el hospital permanece desprovista de ambulantaje, el suelo y sus turbios charcos dan cuenta de que ahí, indigentes, familiares de pacientes internados y ambulantes, dejan caer restos de comida, colillas de cigarro y un montón de basura que al medio día eleva pestilentes vapores que se pegan en la nariz.

Por la tarde, la entrada del hospital alberga no sólo a las familias de los pacientes, sino cúmulos de basura que nunca deja de terminar de salir.

Desde la mañana y hasta la tarde, las familias que esperan noticias de sus enfermos se pelean por un puesto en alguna de las bancas, hablan por teléfono y miran con desinterés alguna revista, algunos ancianos esperan con preocupación, mientras que un puñado de niños despreocupados duermen o juegan en las bancas.

Todos tienen algo en común: el olor a descomposición que invade el lugar desde las primeras horas de la mañana hasta bien entrada la noche.

TAREA

  • El intendente saca cada día entre 8 y 10 bolsas de basura
  • Lo que más recolecta son colillas de cigarro
  • La basura la generan los poco más de 10 indigentes que viven en la parte trasera del Metro Hospital General y personas que duermen ahí porque tienen familiares enfermos

JJ/I