Ego y Bruno

Martes por la mañana, horas después de la visita del cantante Bruno Mars, recibo la llamada de una amiga, decepcionada por el show corto del ganador de los Grammy, el caos para salir del entorno del foro donde actuó en comparación con el alto costo de los boletos ¿Y yo qué hago? Me pregunto. Mi respuesta fue simple, quién les manda asistir a shows de música y cantantes basura. Lo mismo le respondía a quien se decepcionó en un Palenque al ver los desplantes de Maluma. ¿Quién les manda?

Odio el pop basura. Si alguien se sintió decepcionado por Bruno Mars les cuento algunas cosas: viajó en avión privado, sus músicos y bailarines viajaron en avión comercial, el cantante no pisó el hotel que se dispuso para él y desdeñó el obsequio de una marca mexicana, como que todo le dio asco. A mí me da asco su música y que le regalen Grammys por un álbum menor, con grabación menor, premiada, seguramente, por los contactos de su disquera y sus productores en la industria. Mars, imitador malo de Michael Jackson, es como su música, como el pop. Su público, al igual que el de Maluma, se merecen esos artistas por no abrir su espectro musical y aceptar sus limitados valores musicales.

El imitador premiado de Jackson, me recordó varios casos de artistas pop a los que rodea un equipo que siempre les dice lo buenos que son, lo maravilloso que hacen sus shows, sus excelentes decisiones y que los meten en una burbuja que al reventar, los arroja a las fauces del fracaso, pregunten a Caló, Kalimba, Fey, Jessica Simpson o grupos como Garibaldi. Pobres.

Me entero recientemente de la disolución de un grupo que tenía más ego que talento, no cumplían horarios, no respetaban a los demás y argumentaban que tenían una base de fans que los sostenían. Cuando los conocí les auguré fracaso, un amigo pensó lo mismo y apenas duraron unos meses. Para ser exitoso hay que dominar a esa fiera calamitosa que es el ego y dejar de escuchar las cosas bonitas que lo alimentan. No es fácil, supongo.

Hace algunos meses hice limpieza de mi discoteca. A la basura se fueron unos 300 discos de los cantantes de La Academia, Vanessa Colaiutta, Jaime Camil, Shalim, La Banda Poyo (¿quién puede triunfar sin ortografía?), Irán Castillo, Chenoa, Darina, Litzy, Mariana Ochoa, Ellas 3, aquella que cantaba Piquito de pollo, Xerónimo y decenas más, a los que mánagers y disqueras les auguraban largas y exitosas carreras, pero los sostenía una falsa ilusión, el ego sin talento y eso, para lo único que sirve es de carrito rumbo al infierno.

@WhoIsFranco

FV/I