El costo genético de fragmentar ecosistemas

El puma es uno de los mamíferos más impresionantes del bosque La Primavera. Aunque muchos todavía no se enteran que ahí se distribuye, a otros los llena de asombro el hecho de que en una reserva natural tan acechada por la urbanización el gato pueda encontrar las condiciones suficientes para continuar allí, viviendo, alimentándose y reproduciéndose.

A diferencia de los herbívoros o carnívoros más pequeños, los pumas no tienen depredadores naturales, no hay nadie que dentro del ecosistema los utilice como alimento, así que por esa sencilla razón tienen una preocupación menos en sus quehaceres diarios (en teoría).

A este tipo de especies que encabezan las cadenas alimenticias la naturaleza se encargó de fijar sus propios controles biológicos para evitar que, a falta de depredación, sus poblaciones crezcan en exceso y desequilibren el medio en el que desarrollan. Uno de los topes de los que hablo es su reproducción limitada.

Aunque cada hembra de puma puede tener entre tres y seis crías, se estima que sólo una llega a la edad adulta. La razón por la que su reproducción es limitada respecto a otras especies de herbívoros, por ejemplo conejos, ratones u omnívoros como los tlacuaches que se reproducen rápido y hasta por docenas, es que estos tres últimos deben ser suficientes en cantidad como para alimentar a los carnívoros pero también para que otros sobrevivan y se sigan reproduciendo. No es el caso de los pumas, por eso su proporción suele ser más reducida.

Esos son los controles biológicos en un medio sin alterar, pero resulta que el humano ha venido a trastornar su dinámica. En primer lugar, la cacería furtiva es una práctica que desequilibra un ecosistema porque empieza a extraer individuos que (a excepción de las especies exóticas o invasoras) no tendrían por qué ser eliminados para fines comerciales o suntuarios.

Otro de los casos que tiene un gran impacto negativo en las poblaciones es la pérdida de hábitat y la fragmentación de los ecosistemas. El primero se da cuando se deforesta una zona para hacer casas, negocios o ciudades enteras y, la segunda, cuando se comienzan a dividir los bosques con vías carreteras que para los animales se vuelve una ruleta rusa. Intentar cruzar para mantener su dinámica estacional, reproductiva o alimenticia puede significar la muerte.

Los efectos de la fragmentación son bastante graves. Aislar por completo un ecosistema, como La Primavera, con la construcción de carreteras que impiden la movilidad de las especies terrestres traería como consecuencia un empobrecimiento genético que va en contra de los principios de conservación.

Uno de los efectos del empobrecimiento genético es la fijación de características no convenientes para la especie, que diferirían con las de otras poblaciones de animales del mismo tipo en otras latitudes. Para que la selección natural exista debe haber genes para seleccionar, y una población con un acervo genético pobre tiende a decaer por este motivo. Lo pueden predecir de manera más exacta cálculos matemáticos que existen para eso.

En México se han cercenado los bosques de manera sistemática sin mínimas medidas de mitigación como son los pasos de fauna, que en Europa sí se han utilizado desde hace 50 años. Es necesario entender que los daños ya hechos por carreteras consolidadas deben ser remediados con este tipo de infraestructuras, porque muchas han afectado a la biodiversidad según el lugar donde se ubican: en Jalisco hay atropellamiento de tlacuaches, cangrejos, tortugas, serpientes, iguanas, venados, pumas y más, mientras en Yucatán se arrollan jaguares y en Chiapas, monos.

Esta semana el diputado federal Germán Ralis propuso reformar la ley de caminos para evitar que las nuevas carreteras fragmenten bosques o, si lo hacen, instalen pasos de fauna. No hay motivo para que la reforma no sea aprobada.

vmc@ntrguadalajara.com

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