Pizano y el 'fuego amigo'

El candidato del PRI a la gubernatura, Miguel Castro Reynoso, seguramente se dio cuenta de que nada abona a su favor el fuego amigo del que es objeto el dirigente estatal del PRI, Héctor Pizano Ramos, a quien sus detractores dentro del partido quisieran ver fuera de la presidencia no porque haga mal su trabajo, más bien porque quieren no sólo quedarse con el comité, sino también con los espacios que están por repartirse.

Desde hace varios días se han intensificado las versiones de un presunto relevo de Pizano Ramos de la dirigencia priísta sin que haya señales claras de que eso vaya a suceder, ni del comité nacional ni de Casa Jalisco. Por el contrario, para ellos sigue siendo el interlocutor válido en torno a las campañas tanto de José Antonio Meade como de Castro.

Nada menos el fin de semana pasado se lanzó el trascendido de que la visita del coordinador de la primera circunscripción de la campaña de Meade, Manlio Fabio Beltrones, tenía como objetivo hacer el relevo en la dirigencia, pero nada más lejano que eso, pues el sonorense estuvo en Guadalajara a invitación del propio Pizano.

Por otro lado, se le ha querido achacar a Héctor Pizano el éxodo de priístas cuando tanto sus detractores como los propios tránsfugas saben que eso hubiese ocurrido con quien estuviera en la dirigencia estatal, llámese como se llame, pues la decisión de que fueran o no candidatos –que ése es el motivo de su salida– no es responsabilidad única del presidente del partido.

Y es que si se analiza con detenimiento, quienes han decidido dejar al PRI e irse a otros partidos como Morena o Movimiento Ciudadano son quienes ocupan actualmente un cargo público gracias a que su partido los postuló, partido que ahora no los considera rentables para contender en los comicios de 2018. Es el caso de Claudia Delgadillo, quien no sólo es diputada local, sino que era presidente del PRI en Guadalajara y quiso ser candidata a la alcaldía; Sergio Chávez, quien es presidente municipal de Tonalá y antes había sido diputado local y legislador federal, de manera continua, y quería reelegirse; y Salvador Rodríguez de la Cruz, quien actualmente es regidor en Guadalajara, era secretario general del PRI tapatío, y pretendía ser candidato a una diputación local, por hablar de los casos más notorios y quienes, sin embargo, no renunciaron al cargo que hoy ostentan gracias al partido que hoy condenan.

Por otro lado, a ninguno de los tres los escuchamos en alguna sesión del Consejo Político Estatal o de los municipales, de la Comisión Permanente, en las asambleas o convenciones de su partido, o en declaraciones ante los medios de comunicación, alzar la voz para denunciar y condenar lo que hoy fuera del PRI gritan a los cuatro vientos. Nunca se quejaron ahí de no ser escuchados o no ser tomados en cuenta, nunca denunciaron en esos foros el amiguismo o compadrazgo, nunca reclamaron procesos democráticos para elegir a sus candidatos y menos cuando ellos fueron beneficiados por el dedazo.

Lo que hoy sucede en el PRI no es sino la continuación de lo que inició en 2015 cuando el éxodo de priístas no sólo fue mayor que ahora, sino que quienes renunciaron fueron candidatos de otros partidos y ganaron la elección, como es el caso de no pocos actuales alcaldes del partido Movimiento Ciudadano en el resto del estado o de diputados como Martha Villanueva y Kehila Ku Escalante –identificada como operadora de Salvador Rodríguez– y Hugo Rodríguez Díaz. O el del regidor Rosalío Arredondo, quien era parte de las huestes de Claudia Delgadillo.

Así, pues, Miguel Castro sabe que su triunfo no está supeditado a que imponga al presidente del PRI, pero debe aprender de lo que le sucedió a sus antecesores que fueron secuestrados por quienes terminaron ganando… administrando la derrota.

ES TODO, nos leeremos ENTRE SEMANA.

JJ/I