Quevedo: una mente brillante

Fue el jueves 14 de septiembre de 1995 cuando se registró el primer enfrentamiento en el Congreso del Estado en una Legislatura –la 54ª– en la que por primera vez en su historia el PRI era minoría –con 12 diputados– y el PAN llegaba como mayoría, con 24 legisladores. Correspondió al diputado priísta Juan García de Quevedo encender la mecha del debate y al panista Héctor Pérez Plazola tratar de apagarla. El tema de discusión: la pésima gestión de Germán Camacho Uribe como secretario de Vialidad y Transporte.

A partir de entonces, García de Quevedo se convirtió desde la máxima tribuna del estado –junto con la diputada Dolores Guzmán Cervantes– en el más severo y acérrimo crítico del primer gobierno panista en Jalisco. Agudo, punzante y certero en su crítica, lograba sacar de quicio a sus interlocutores. Y para todos tuvo, como en esta primera discusión en la que se enfrascó con Pérez Plazola, quien a las palabras del priísta aseguró: “No caemos en la provocación de los calificativos despreciantes de un diputado en cuanto al titular del Poder Ejecutivo…”.

Entonces –según consigné al día siguiente en mi columna Entre Semana publicada entonces en el diario Ocho Columnas– García de Quevedo aclaró: “Mi actitud y discurso no fue ni para provocar violencia, desorden ni para ofender al señor gobernador… Porque hay que tener mucho cuidado cuando se le reclama a un diputado (…). Lo que más me preocupa es que ahora a Acción Nacional, que durante tanto tiempo existió en el Congreso, para el Congreso y como oposición, le parezca imprudente que un diputado se dirija al señor gobernador en los términos en que me estoy dirigiendo.

“Lo que sí quiero señalar aquí, y cuidado ¿eh?, por esa actitud que toma usted, pensando que un gobernador no es criticable, que no puede ser enjuiciado aquí en el Congreso… El hecho de que exista separación de poderes, ¡no implica poner a un Congreso mudo y de rodillas ante el gobernador…!”.

Empuñando la mano unas veces –describí en aquella columna– y señalando a Pérez Plazola, en otras, Juan García de Quevedo recriminó:

“¡¿Cómo es posible que un diputado censure a otro diputado porque se está dirigiendo al gobernador en términos emotivos?! ¡Qué barbaridad es ésa…! Ante mi emotivo discurso, quiero dejarles a todos ustedes un emotivo razonamiento: ¡El día que empiece a funcionar esa censura que ya apareció por ahí, que no es otra cosa que el huevo enfermo de la serpiente del autoritarismo, ese día mejor, señor Pérez Plazola, cierre usted el Congreso y que desaparezca esto!”.

Ante lo álgido de la discusión, entró al quite el entonces coordinador de la bancada, Tarcisio Rodríguez Martínez, y pidió a García de Quevedo que retirara los calificativos “de súbditos y empleados” que había dado a los diputados panistas. Firme en sus decisiones y declaraciones, el diputado priísta tomó la palabra por última vez sólo para afirmar:

“Me parece inaceptable que yo haya insultado a alguna de las instituciones o haya faltado el respeto; por lo tanto, ¿por qué disculparme de alguna culpa que no he cometido…?”.

Así era Juan García de Quevedo, el diputado de una Legislatura que hizo historia y en cuyo Diario de los Debates dejó testimonio de su lucidez, de su inteligencia, de su capacidad de oratoria, de su vasta cultura, de su habilidad para debatir y sacar de quicio al adversario.

Pero fuera del recinto parlamentario era un extraordinario charlador, una enciclopedia andante que comenzaba a operar a partir del primer expreso y en el momento de encender el primero de los habanos que se consumía conforme transcurría el tiempo de la charla.

Como periodista no puedo más que estar agradecido por sus enseñanzas de café, en la cabina de radio o en el estudio de televisión donde le gustaba debatir. Descanse en paz.

ES TODO, nos leeremos ENTRE SEMANA.

JJ/I