Las locuras del emperador

Una de las críticas más recurrentes a las campañas electorales es el que los candidatos basen sus discursos en descalificaciones a los contrincantes en vez de desarrollar sus propias propuestas. Sin embargo, en el momento en que tales propuestas se presentan, éstas son frecuentemente tildadas de locuras o de ocurrencias por los adversarios. En suma, si alguien propone, malo; si no propone, también. Las campañas terminan siendo espacios de ambigüedad extrema, de las que terminamos por no tener claridad alguna sobre las estrategias de desarrollo que efectivamente piensen llevar a cabo las fuerzas contendientes.

En realidad, los candidatos difícilmente plantean alternativas concretas al modelo económico predominante, pues al hacerlo estarían anunciando su disposición para afectar intereses muy significativos. La economía es una disciplina que estudia el manejo de la escasez de recursos, lo que supone que éstos no son ilimitados. El mismo planeta es un recurso escaso: en la medida en que lo deterioramos y agotamos, apretamos la soga que tenemos atada al cuello.

Si los recursos son escasos, ello significa que no se puede todo y tenemos que definir prioridades reales. Si decimos que todo es prioridad, entonces nada es prioridad, no tenemos estrategia. Si, por el contrario, sí tenemos estrategia, entonces tenemos que definir de dónde obtendremos los recursos para llevarla a cabo, lo que supone orientar las decisiones públicas en favor ciertos grupos sociales, aunque ello implique la afectación relativa de otros. No basta con decir que se quiere que la riqueza crezca para todos, pues esa riqueza no puede crecer indefinidamente y menos en un país como México, que se ha caracterizado por un bajísimo crecimiento en las últimas décadas, un alto deterioro ambiental, por una pésima distribución de la riqueza y un altísimo poder económico de unas cuantas empresas y familias, en detrimento del resto del país.

La coalición Todos por México (PRI, PVEM, Panal) está entrampada en un dilema esencial: no puede proponer una alternativa en la estrategia de desarrollo, pues sus partidos y candidatos, comenzando por Meade, han sido los principales promotores y defensores de la prevaleciente, en especial la derivada de las llamadas reformas estructurales. Sin embargo, tampoco puede defender la continuidad, pues el descontento social, los problemas estructurales y la pésima imagen del gobierno federal marcan un deseo nacional por un cambio real.

La coalición Por México al Frente (PAN, PRD, MC) tampoco la tiene fácil para definir algo propio. A su interior incorpora visiones económicas encontradas, como señalar en su plataforma que pretende una lógica de liderazgo en competitividad (basar su estrategia en mercado externo) y simultáneamente promover el mercado interno frente a los avatares externos (centrarse en mercado interno). De igual modo, su candidato presidencial es ambivalente entre la promoción económica en favor de las micro, pequeñas y medianas empresas o de los grandes corporativos aun cuando en México estos últimos han relegado a la mayor parte de las primeras.

La coalición Juntos Haremos Historia (Morena, PT, PES) plantea un cambio de fondo en la estrategia económica pero paradójicamente mantiene la defensa de algunas bases fundamentales de la actual, como la autonomía del Banxico o la prioridad en la denominada “estabilidad macroeconómica” (que en realidad es en la esfera financiera), lo que hace pensar que el riesgo real de llegue no está en el hecho de “convertir a México en Venezuela”, sino en que los cambios reales sean poco significativos.

En suma, lo que haría cada quien con el poder sigue siendo una incógnita. En tales circunstancias, las posturas de históricas de cada fuerza y de cada personaje son las que da algún modo podrán efectivamente darnos indicios de lo que podría ser su gobierno.

@LIgnacioRM

JJ/I