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Palabras de paz

Dentro de la cultura judeocristiana, a la que pertenecemos la mayoría de quienes habitamos México, las palabras construyen la realidad. Por eso en el relato bíblico de la creación podemos ver a Dios creando el universo al momento en que va nombrando cada una de sus partes. En ese mismo relato, Dios le delega una parte de ese poder creador de la palabra a Adán, encargándole que le dé nombre a las plantas y animales que conviven con él en el paraíso. Por ese motivo es que resulta tan relevante el acto de nombrar o renombrar a una persona en otros relatos bíblicos, porque la palabra que designa a cada quien le da sentido a su existencia.

En nuestra vida cotidiana ocurre lo mismo. La manera en que nombramos cada actividad o circunstancia, y lo que simbolizan las palabras que utilizamos para ello le dan forma a nuestra realidad. Por ejemplo, realizar un cierto trabajo puede ser algo estresante o, por el contrario, algo relajante, dependiendo de si lo consideramos un castigo o como un camino para la propia realización.

Algo de esto ha sido recuperado por quienes se dedican a comprender las organizaciones y por eso es que se decidió dejar de hablar de problemas, y ahora se utiliza el término áreas de oportunidad cuando se quiere dar cuenta de una situación que de alguna manera obstaculiza el logro de los fines de la organización. Esto es así porque el segundo término permite visualizar dicha situación como un reto, y usualmente las personas nos sentimos más a gusto superando retos que lidiando con problemas, por lo que cambiar el término con el que denominamos una circunstancia puede contribuir a que la enfrentemos con una actitud más constructiva.

De igual manera, la violencia y la paz en buena medida son resultado de las palabras que utilizamos para describir lo que ocurre. Es decir, si a nuestro alrededor, en aquello en lo que podemos influir, hay paz o violencia, eso es, en parte, resultado de las palabras que utilizamos de la manera más cotidiana. Y no es que esto ocurra por arte de magia, sino que las palabras suelen ser un reflejo de nuestras vivencias internas, porque “de lo que rebosa el corazón, habla la boca”, como se afirma en la Biblia. De hecho es común encontrar en conflictos, a veces serios, a personas que suelen usar las palabras como herramienta de agresión, y que por el contrario, no haya conflictos serios en torno a personas que usan sus palabras para construir puentes de entendimiento con las demás personas.

Del mismo modo, las elecciones pueden ser el pretexto para dividir el país, y sumirlo aún más en la violencia o, por el contrario, pueden servir para que nos unamos en la búsqueda de alternativas de construcción de una paz justa y digna, pero si queremos esto último, entonces es necesario que dejemos de utilizar el lenguaje de la guerra y la violencia para referirnos a quienes ven las cosas desde otra perspectiva.

Somos compatriotas, no enemigos, y tenemos la misma dignidad, y por ello merecemos el mismo respeto, aunque no estemos de acuerdo en todo. Insultarnos mutuamente sólo ayuda a ahondar las divisiones. Por el contrario, discutir con base en argumentos y evidencias, tratando de comprender los otros puntos de vista nos une y nos permite asociarnos para construir soluciones que nos beneficien mutuamente.

Convendría que desde este momento dejemos de usar palabras que construyen división y violencia, y comencemos a utilizar las que ayuden a construir una paz justa y digna, unidos para que en nuestro mundo quepan muchos mundos.

protagoras_xxi@yahoo.com.mx

@albayardo

JJ/I