El ‘I have a dream’ de los ciudadanos mexicanos

Soñemos que las elecciones transcurren con normalidad, con algunos incidentes, pero con una votación de 85 por ciento y con paz social aún en las zonas dominadas por el narco.

Soñemos que la ventaja del que va arriba en las encuestas, sea quien sea, es de tal tamaño que resulta imposible el veredicto en el Tribunal Electoral Federal para argumentar la anulación de las elecciones.

Soñemos que las elecciones son tan limpias y equitativas que los contendientes aceptan sin objeciones la nueva distribución del poder en México.

Soñemos que, tras ese escenario democrático, los principales actores políticos se preparan para cooperar con generosidad en el periodo de transición que va del 2 de julio al 1 de diciembre.

Soñemos que hay una intensa organización de sus militantes para proponer las reformas que defenderán a partir de la siguiente Legislatura y las políticas públicas que emprenderán los gobiernos estatales y municipales, tan pronto como tomen posesión de sus cargos.

Soñemos que nadie cuestiona la legitimidad y la representación y representatividad mayoritaria del nuevo gobierno de la República, y nadie lo reta o cuestiona antes de tomar las riendas de la administración pública federal.

Soñemos que durante el periodo de transición el gobierno saliente se abstiene de tomar decisiones que pueden afectar el rumbo del sexenio siguiente, y que se está ocupando en preparar una entrega-recepción ejemplar, que no queman archivos, poniendo en manos del gobierno electo toda la información necesaria para facilitarle la toma de decisiones.

Soñemos que esa misma actitud es seguida por los gobiernos de los estados y de los municipios donde habrá alternancia el próximo 1 de julio.

Soñemos que los representantes del nuevo gobierno actúan con la misma generosidad y no utilizan ese proceso de entrega-recepción para poner en entredicho cada una de las decisiones tomadas.

Soñemos que lo hacen, además, para fortalecer la vida democrática, porque no tiene sentido producir un conflicto donde no hay razón alguna para iniciarlo.

Soñemos que no hay año de Hidalgo y que los últimos meses del sexenio de Peña Nieto se empleen para concluir las reformas pendientes en materia de transparencia, en el combate a la corrupción y a la defensa de los derechos humanos; especialmente de aquellas reformas que han interrumpido procesos institucionales que han quedado truncados o han lastimado la paz y la armonía entre los mexicanos.

Soñemos que en estos últimos meses se dé un trato firme, digno y valiente ante el presidente Trump, y que no haya gasto publicitario para mejorar su imagen, porque ya es innecesario.

Soñemos que los llamados poderes fácticos aceptan los resultados electorales y no proponen ninguna estrategia de choque para calcular al nuevo gobierno, ni para obtener ventajas del que se va, con la promesa de cuidarle las espaldas.

Soñemos que no sólo le otorgan al nuevo gobierno el beneficio de la duda, sino que se proponen contribuir a sus fines con la mejor buena fe.

Soñemos que la mayor preocupación de la clase política, de los empresarios más ricos y mejor organizados de México, de los sindicatos y de las organizaciones de la sociedad civil, es el dialogar constructivamente con los nuevos funcionarios públicos surgidos de la elección del 1 de julio, para afrontar los problemas, combatir la pobreza y pacificar al país.

Soñemos que los medios de comunicación acompañan este proceso abriendo sus páginas, sus programas de televisión y micrófonos a la deliberación y añadiendo datos, comparaciones e información pertinente y suficiente, sin fake news, y sin sumisión al poder.

Soñemos que no tenemos la clase política que tenemos, que no tenemos la clase empresarial que tenemos, que los criminales comprenden que no pueden seguir destruyendo al país, que el sistema financiero no quiere seguir enriqueciéndose con la desigualdad.

Soñemos que hay una democracia consolidada y una sociedad participativa y consciente. Soñemos que sí vivimos en México.

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JJ/I