Ahora San Gabriel

2019-06-15 21:31:08

Como es común en los pueblos de México, sus micro historias son abundantes en pequeños y grandes momentos a través de los cuales han construido su devenir. Así es también el caso de San Gabriel, al sur del estado de Jalisco. Pueblo lleno de vicisitudes: temblores, pestes, efectos de las erupciones del volcán de fuego. A todas ellas sus pobladores habían sabido resistir. En su larga marcha aprendieron a vivir con todo ello, a relacionarse con su entorno natural. El 29 de diciembre de 1934 hasta el nombre perdieron porque les fue impuesto el de Venustiano Carranza, general de triste memoria de la revolución mexicana. Sin embargo, el 13 de noviembre de 1993 lo recuperaron. Pero recuperar el nombre es diferente a recuperar el territorio. Y este lo han venido perdiendo con el paso de los años y con la llegada a él, disfrazadas de progreso, de las formas actuales de producción capitalistas tanto legales como ilegales promovidas o permitidas por el gobierno en sus tres niveles. Como en muchos otros lugares aquí también el objetivo ha sido despojarlos del bosque y del agua.

Hasta hace un poco más de una década todo lo habían sorteado. Luego todo empezó a torcerse. De pronto su cercanía con Michoacán, lo intrincado de su territorio, su riqueza en bosques y agua, de ser sus grandes riquezas se trocaron en una especie de maldiciones en el momento en que estos bienes naturales se convirtieron en el objetivo del capital. Por supuesto, hubo quien sí lo vio venir y lo advirtió a tiempo, pero el trabajo contrainsurgente ya había socavado al tejido comunitario y abierto la puerta a la lógica del dinero fácil.

San Gabriel es ahora otro ejemplo descarnado de lo que significa el despojo de los bienes naturales, la desterritorialización y la guerra. Antes del desbordamiento del río Salsipuedes, ya muchos de sus jóvenes habían sido desaparecidos. Después del desastre que nada tiene de natural se abunda en la información, pero en paralelo queda claro que las advertencias datan de varios años atrás y que los gobiernos no solo fueron omisos, sino que son participes activos, porque autorizan las formas como el capital hace sus procesos de acumulación y que, eufemísticamente, llaman “actividades productivas” pero que llevan a estos resultados catastróficos. Ahora sucedió en San Gabriel, pero mañana podría suceder en cualquier otra parte donde se sigan talando o incendiando los bosques, agotando los mantos freáticos, destruyendo la biodiversidad en favor del monocultivo (en este caso del aguacate).

Y como es frecuente, luego del desastre que por lo general daña a quienes de por sí este sistema los ha colocado en condiciones vulnerables, lentamente, el secreto a voces de los pueblos empieza a circular más allá de sus fronteras territoriales. Así, ahora se sabe de nombres y apellidos (Alfaro, Aranguren, Herrejón, etc.), se empiezan a describir los procesos y las actividades que dieron al traste con la vida cotidiana anterior a la lógica del dinero fácil. También en estos casos vale la máxima de que si en verdad se quiere dar con los responsables es tan fácil como seguir la ruta del dinero y del poder. No hay pierde. Pero esa ruta no se seguirá tampoco en este caso.

Saltan las preguntas: ¿Cómo es que ninguna autoridad se daba cuenta de la dimensión de la destrucción y alteración del territorio que dicen gobernar?, ¿y por qué no se hicieron tales indagatorias antes de que sucediera el desastre si ya había evidencia del proceso de despojo y desterritorialización?, ¿por qué se autorizaron los cambios de uso de suelo o porque no se vigiló cuando estos se hicieron sin autorización?, ¿en realidad van a ir contra los grandes productores de aguacate?

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