¿Enemigos o adversarios?

2022-02-16 06:00:00

En otras ocasiones he comentado en este mismo espacio los signos del autoritarismo de nuestro primer mandatario, pero en esta ocasión me siento aún más alarmado, porque la situación se está volviendo cada vez más peligrosa.

El pasado 14 de febrero, la bancada del partido Morena en el Senado de la República hizo circular un comunicado en el que expresan su respaldo incondicional al presidente Andrés Manuel López Obrador, ya que él “encarna a la nación, a la patria y al pueblo”. Esta expresión resulta muy preocupante, especialmente porque proviene de quienes integran a uno de los contrapesos de nuestro sistema político, y, sobre todo, porque eso no corresponde con la forma de gobierno que elegimos para México.

Me explico. En una república, el presidente no es la encarnación del pueblo ni nada por el estilo. Es el jefe de Gobierno, y en el caso de México, es también el jefe de Estado, pero eso significa que él está subordinado al pueblo, por eso es que se le denomina “primer mandatario”, es decir, que el presidente es la primera persona que recibe el mandato de gobernar, y debe hacerlo con apego a nuestras leyes. En México el pueblo es el soberano, no el presidente. El presidente debe mandar obedeciendo.

La expresión utilizada por el grupo senatorial de Morena sólo es válida en el caso de una monarquía, en la que la soberanía recae en quien tiene el derecho a portar la corona. Nada de esto aplica para el caso mexicano.

Y, sin embargo, las senadoras y senadores de Morena son consecuentes con su visión de las cosas, porque asumen que quienes se oponen al proyecto de López Obrador son enemigos de México. Y en esto no están solos, el propio presidente considera como traidores a la patria a quienes exhibieron mediáticamente el tren de vida de uno de sus hijos, sobre quien ahora recae la sospecha de haber traficado con influencias.

Todo esto me preocupa, porque López Obrador y algunos de sus seguidores están utilizando un lenguaje de guerra y en la guerra es necesario neutralizar a los enemigos y a los traidores mediante su muerte, si es necesario. Y provoca angustia que use un lenguaje de guerra un presidente que le ha dado tanto poder al Ejército, expandiendo de manera inédita lo que hizo en su momento uno de sus acérrimos rivales, Felipe Calderón.

¿Qué tanto se debe el asesinato impune de tantos periodistas en este sexenio a que el presidente los considera sus enemigos si no se dedican a difundir lo que él quiere, y hasta señalan sus errores e inconsistencias o los de sus colaboradores? ¿Pasará lo mismo en el caso de la impunidad de feminicidas y de quienes desaparecen personas?

Y esto es preocupante, además, porque en principio la política tiene la finalidad de evitar la violencia; en una democracia los opositores no son enemigos, son adversarios. Y los adversarios son quienes tienen una visión complementaria de la realidad, son quienes ven lo que no vemos, porque está a nuestra espalda. Y por eso se puede y se necesita dialogar y negociar para hacer política, para poder proponer respuestas más completas a los problemas públicos.

De hecho, en la antigüedad, en los ritos de iniciación que tenían que pasar quienes querían integrarse a un grupo, los adversarios eran quienes se enfrentaban contra el aspirante, no para hacerlo fracasar, sino para ayudarlo a dar lo mejor de sí, a demostrar que estaba a la altura de los retos que venían.

Sin embargo, al pretender destruir a sus adversarios, López Obrador y quienes lo secundan están mostrando lo peor de sí mismos, en vez de hacer lo necesario para enfrentar con éxito los grandes retos de nuestro país.

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