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Pulgarcita

Entre los pocos acuerdos a los que fácilmente llegamos en una conversación es que el mundo cambió. Y continúa cambiando. Los seres humanos de hoy en día somos diferentes a los de hace doscientos, cien o sesenta o incluso veinte años. Hemos, porque lo hacemos nosotros mismos dese nuestra condición de seres humanos, sometido a cambios radicales a la naturaleza humana y a la condición humana. Esto es fácil decirlo y aceptarlo. Lo difícil es asegurar, tener una idea, o cuando menos una vaga aproximación, hacia dónde nos llevan los cambios realizados y los que estamos viviendo.

El movimiento nubla la vista. A mayor velocidad los objetos que nos entornan se vuelven más difusos. Fuera de nosotros todo se ve como una mancha. Hasta que terminamos por no ver nada. Así sucede con nuestra concepción de futuro. La perdemos y volvemos al día a día. Vivimos maravillados por las posibilidades tecnológicas que ya están aquí. Sólo basta esperar, dejar correr el tiempo y estaremos viviendo la vida que siempre hemos soñado.

¿Pero estos cambios implican un desplazamiento del ser humano? ¿Llegaremos a vivir contagiados y bajo los efectos de las enormes reservas inhumanas de la tecnología? ¿Hasta dónde nos va a llevar nuestra liberación de las “antiguas y naturales cargas” que hasta hoy definen nuestra condición humana?

Hace unas cuantas semanas murió el filósofo Michel Serres, un pensador que dedicó su vida a reflexionar sobre esa constante relación entre el mundo físico que nos rodea y constituye, y el mundo interior, el que nos diferencia de las bestias, el que nos hace humanos.

Su libro Pulgarcita. El mundo cambió tanto que los jóvenes deben reinventar todo: una manera de vivir juntos, instituciones, una manera de ser y de conocer..., es un llamado de atención que incluye una autocrítica, a los filósofos que no fueron capaces de “inventar novedades imaginables fuera de los marcos caducos que siguen formateándose nuestras conductas...” y que “comprometidos con la política del día a día, no vieron venir lo contemporáneo”.

No estamos preparados para los cambios. Los jóvenes están solos en su tarea de reinventar otro conocimiento, otra sociedad. Frente a nuestros ojos todo se volvió obsoleto.

roberto.castelan.rueda@gmail.com

da/i