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El reto de la migración

Después de ver la foto del salvadoreño Óscar Martínez, de 25 años, y su hija Valeria, de casi 2 años, ahogados a orillas del río Bravo después de un intento fallido de cruce a los Estados Unidos para pedir asilo, no tengo cabeza para escribir de nada más.

Será que como papá de un hijo de un año me toca una fibra particularmente sensible. ¿Qué puede llevar a un padre a abandonar su país, emprender el peligroso camino de cruzar México y finalmente arriesgar la vida cruzando un río tan caudaloso con una hija pequeña?

Los medios de comunicación no tardaron en comparar esta foto con aquella de 2016 de Aylan Kurdi, el niño sirio de 3 años que apareció ahogado en una playa de Turquía y que también buscaba, junto a su familia, encontrar una mejor vida en otro lado.

Son imágenes que nos arrojan a la cara la cruda realidad de la migración. Se trata de personas, de familias que pueden morir en su búsqueda de mejores oportunidades.

¿Quién es responsable de estos flujos migratorios que pueden tener consecuencias fatales? ¿Qué roles tienen que jugar los países de origen, de tránsito y de destino?

En los países destino como Estados Unidos o las principales economías de la Unión Europea ha habido siempre una doble actitud. Por un lado se reconoce el rol de los migrantes como motor económico y demográfico, particularmente en sociedades con pirámides poblacionales invertidas, y, por otro lado, se les ve con recelo porque tienen un impacto a la baja en los salarios y no siempre se integran a las culturas que los acogen. En años recientes el rechazo a los migrantes ha alimentado los discursos populistas de políticos como Donald Trump, Marine Le Pen o los promotores del Brexit, que han desencadenado políticas odiosas como la separación de niños migrantes de sus padres y mantenerlos encerrados en condiciones que rayan en lo inhumano.

Los países de tránsito, como Marruecos y Turquía que hacen frontera con la Unión Europea, quedan en posiciones incómodas respecto a los países destino con los que comparten fronteras y se convierten en focos de tremendas crisis humanitarias. España continuamente negocia con Marruecos que se controlen los campamentos de decenas de miles de migrantes de toda África que buscan entrar a Europa. En Turquía hay cerca de 3.5 millones de refugiados sirios y la Unión Europea está continuamente debatiendo sobre cuánta ayuda trasladar a este país para contener los flujos migratorios hacia países europeos.

Aunque México ha sido tradicionalmente un país de origen de migración hacia Estados Unidos, en años recientes ha empezado a tener un rol de país de tránsito de inmigrantes centroamericanos. Esto nos ha puesto en una posición similar a la que tienen Turquía o Marruecos respecto a Europa… nos obliga a colaborar con el país destino para controlar los flujos migratorios y atender las conglomeraciones de migrantes que se forman en las fronteras.

Los países de origen de migración, como lo fue México muchos años, como lo son países estructuralmente pobres en el Caribe, en Centroamérica y en África, y como lo son países en coyunturas complicadas, como Siria o Venezuela, generalmente no cuentan con los medios propios para resolver las causas de origen: pobreza o conflictos bélicos.

Así como los tratados de libre comercio han facilitado la cooperación de países para agilizar los flujos de bienes entre fronteras, se necesita crear instrumentos que faciliten la cooperación en el tema de flujos de personas.

Los países de origen, tránsito y destino deben sentarse a dialogar sobre cómo resolver en conjunto tanto los retos inmediatos de la migración como las causas raíces que la originan. No es aceptable usar chantajes económicos como los aranceles de Trump y no es suficiente lanzar un parche mediático como el programa Sembrando Vida de AMLO. Se necesita poner un esfuerzo a este diálogo equivalente al que se puso para negociar un nuevo tratado de libre comercio con América del Norte. Si los bienes y servicios nos son tan importantes, las vidas humanas deberían serlo mucho más.

@ortegarance

JJ/I