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Se equivoca el presidente

Se equivoca Andrés Manuel López Obrador al confrontarse y pelearse todos los días con los periodistas y analistas que ponen en tela de juicio algunos de los argumentos del gobierno federal. Las mañaneras deberían dejar de existir como tal y, en cambio, deberían constituirse en un verdadero espacio de comunicación y promoción de los logros reales y tangibles del gobierno. 

Se equivoca el presidente López Obrador con su narrativa beligerante hacia las voces críticas y, sobre todo, hacia los grupos ciudadanos que cuestionan las acciones de su gobierno. El espectro de la descalificación es cada vez más amplio y hoy abarca mucho más allá de los fifís. Ahora, la mira del presidente de la República ha estado puesta en la clase media urbana del país, un segmento muy amplio y activo que ya demostró su fuerza y su antagonismo a la 4T en la más reciente elección. 

Contrario a lo que cualquier político o partido pretende, AMLO parece tener la intención de depurar la base electoral que sigue fielmente a Morena y a la 4T; en ocasiones se ve más claro su deseo de reducirla al mínimo para quedarse únicamente con la población que forma parte de los deciles más bajos, los marginados, los pobres de México. Un grave error. 

Si el presidente actuara con más sigilo y prudencia, y dejara que las acciones de su gobierno hablaran por sí mismas y fueran la base de su comunicación, la percepción de la ciudadanía, incluida la de la clase media, podría ser mucho más equilibrada y menos radical. El ruido que genera él mismo todos los días poco le ayuda a contar su propia historia con éxito. Si el presidente no buscara enemigos para combatir cada mañana quizá la gente que salió a votar despavorida contra él habría tenido una actitud mucho menos antagónica. 

Si bien Morena fue uno de los ganadores de la elección del 6 de junio, es claro que el electorado más sofisticado de las principales capitales del país actuará de forma voluntaria en contra de un gobierno que los regaña, los descalifica, los desacredita y los coloca enfrente y no a su lado. Ahí están incluidos los padres de familia, las y los empresarios, estudiantes, comerciantes, poblaciones vulneradas por el narcotráfico, víctimas de accidentes, asociaciones civiles y una larga lista de etcéteras. 

Si el presidente de México dedicara más energía a conciliar a su pueblo bueno y noble con el discurso, a hacer más horizontal su narrativa, a acercarse a todas las y los mexicanos por la vía del discurso, otro gallo cantaría. La polarización le ha funcionado en estos tres primeros años de gobierno, pero en estos momentos el riesgo de transitar hacia un camino sin retorno es alto. El peligro que representa su actitud va más allá de lo electoral, su desprecio argumentativo hacia buena parte de la gente que gobierna puede derivar en situaciones más complejas. 

A AMLO le gusta la confrontación, se siente cómodo ahí, así llegó al poder. Pero el presidente de México debería tender otros puentes, abrazar a todos los sectores, aunque su visión esté puesta, de forma obsesiva, en atender a los más desprotegidos. 

AMLO podría, incluso, seguir con la misma línea de gestión de su gobierno, con las mismas políticas, programas y proyectos, pero si cambiara algunas palabras de su discurso y eliminara otras, la perspectiva de su estilo personal de gobernar sería evaluada de forma diferente. Pero no lo hará. O al menos no por ahora. La narrativa de AMLO es una herramienta política que durante años le ha traído capital político y esperanza a quien no la tiene, aunque no disponga de los elementos para transformar su realidad. Lo que debe recordar el presidente es que dar respuestas simples a conflictos complejos por lo general también conlleva situaciones también difíciles de manejar, aunque en eso también ha hecho callo la Presidencia: hacer de la controversia un fin y no un medio. Ojalá que este segundo trienio nos lleve a discusiones, soluciones y realidades más profundas, por el bien de todos. 

juanluishgonzález@gmail.com 

JB