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Raúl Padilla vs Enrique Alfaro: amigos y enemigos

Carl Schmitt sostenía que la figura del enemigo solo sirve para determinar la dimensión política cuando aparece un conjunto organizado de personas que se opone de manera combativa a otro grupo igualmente estructurado, ambos de carácter público.

Algo muy similar a lo descrito por Schmitt ocurre en el país y en el estado. El presidente ha diseñado las reglas del tablero de tal forma que el juego “amigo-enemigo”, o adversarios, como él los llama, defina la dimensión política del país y, no solo eso, AMLO ha propiciado que ese discurso lo trascienda y se vuelva parte de la discusión pública entre ciudadanos. Hasta ahora, la fórmula le ha funcionado.

En Jalisco la historia parecía correr por los mismos derroteros; tanto Alfaro como AMLO son políticos de confrontación, les gusta el discurso beligerante y lo utilizan como una estrategia de posicionamiento y de diferenciación frente a sus oponentes. Sin embargo, al gobernador se le acabaron los “enemigos” con quien pelear, Morena en lo local no existe y con el presidente, parece que ya no quiere broncas.

En este escenario, y ante la necesidad de tener un villano al cual combatir, el jefe del Ejecutivo estatal decidió abrir un frente muy riesgoso, que podría complicarle su gestión, la gobernabilidad en la entidad y su futuro político.

Alfaro dio por concluida la etapa de paz y cordialidad con la universidad al quitarles 140 millones de pesos que ya habían sido aprobados y presupuestados por el Congreso y que estaban destinados al Museo de Ciencias Ambientales. Este hecho abrió paso a una pelea mediática entre el propio gobernador y el rector general, sin embargo, el mensaje del Ejecutivo iba dirigido, como siempre, a Raúl Padilla López.

Una vez que el problema escaló, el Grupo Universidad se disciplinó en torno a Padilla pese a que hubo y hay voces importantes al interior que han intentado mantener los puentes de comunicación con el alfarismo y evitar que el conflicto suba de intensidad.  Algunos de estos actores jugaron políticamente bajo las siglas de MC para acceder a un cargo de elección popular, sin embargo, el “grupo” se decidió a actuar y a no jugar más como aliado de los naranjas, se vieron obligados a responder y a evidenciar un hecho que, desde su perspectiva, podría poner en riesgo la autonomía de la institución en un futuro no muy lejano.

El conflicto entre el Gobierno de Jalisco y la Universidad de Guadalajara no es cosa nueva. Ha subido y bajado de intensidad y ha cambiado de protagonistas a lo largo de la historia –sobre todo, del lado del Ejecutivo estatal–, pero en el fondo la tentación sigue siendo la misma: derrocar al grupo hegemónico que domina la Casa de Estudios desde la llegada de Raúl Padilla López a la rectoría general en 1989.

Sin embargo, mantener el pleito con la universidad, considerando la tensión con el gobierno federal, representa más riesgos que certezas para Alfaro. En primer lugar, porque una radicalización del discurso y de acciones generaría una percepción de crisis e inestabilidad política en el estado y, en segundo lugar, porque Raúl Padilla mantiene una estrecha relación con algunos de los comunicadores e intelectuales que aún ven con cierto beneplácito la posible candidatura del gobernador en la elección presidencial de 2024. Si a esto le sumamos la cercanía personal entre Raúl Padilla y Juan José Frangie, alcalde electo de Zapopan e íntimo colaborador de Pablo Lemus, y las más recientes declaraciones de este último deslindándose del asunto, el panorama luce más que complicado para el gobernador. 

En estas condiciones, la fórmula ganar-perder se inclina a favor de los universitarios por tres razones: 1) A Alfaro le quedan tres años en la gubernatura, el Grupo Universidad seguirá siendo dueño de la institución. 2) El gobernador está obligado a vender estabilidad en su estado para ser considerado en el 2024. 3) Pablo Lemus, el más visible sucesor de Alfaro, ya dijo que para pelearse con Raúl no cuenten con él.

juanluishgonzalez@gmail.com