Mario Montoya ha dedicado su vida a la artesanía tradicional de su natal Colotlán. El bordado de pita es su pasión y ahora no sólo la trabaja con sus manos en su taller sino también desde la trinchera de la investigación y la historia.
En su taller nacen hermosas piezas realizadas con un cuidado extenuante, se deja los dedos y las horas en cada obra, en aretes y cintos bordados, pero también en grandes murales tal como el que se encuentra en la presidencia del municipio conocido como la capital mundial del piteado.
Aprendió desde niño y dice que va a seguir dedicándose a esto. Recientemente el Congreso del Estado le otorgó un reconocimiento por su destacada trayectoria como Artesano Notable de Jalisco. Para él su labor recupera la historia de esta actividad que tanto ama.
NTR. Ha recibido ya varios reconocimientos por su labor, ¿significa de alguna manera reafirmar su tarea como artesano?
Mario Montoya (MM). Me da más gusto porque todo redunda en el beneficio de Colotlán, todo esto beneficia al municipio y en concreto a mis compañeros artesanos. La prueba está en que actualmente los que aún nos seguimos dedicando a la labor gozamos de mucho trabajo. Toca continuar con la promoción y el cuidado de nuestra actividad y no permitir que muera. Ya estuvimos a punto de perderla, lo que sigue será fomentar la conciencia en las personas que se siguen dedicando a esta actividad a las nuevas generaciones y hacerlo con mayor calidad cada vez más.
NTR. ¿Cómo fue para usted la enseñanza del bordado de pita?
MM. Tenía alrededor de 7 años, en aquellos años la situación del municipio era fatal. Nuestra situación era precaria, era tal la situación que mi hermano de 13 años tuvo que migrar a Estados Unidos por la necesidad. Antes se dedicaba a bolear zapatos y tenía su cajón, cuando él se fue me heredó su cajón, mi mamá me mandaba a bolear, pero yo no sabía hacerlo así que prácticamente me pasaba todo el día dando vueltas en la plaza, dentro de la desesperación de mi madre un día me tomó de la mano y me llevó molesta con un señor que me iba a enseñar a trabajar, me dejó en un taller de talabartería con un señor llamado Jesús Núñez, ahí empezaron mis primeros pasos dentro de la talabartería: aprendí muchas cosas y me sirvió para conocer el trabajo y la disciplina.
NTR. ¿Cómo decidió que ya era el momento de dedicarse a sus propias inquietudes?
MM. No fue sino hasta 1991 que inicié labores por mi cuenta y a partir de ahí se empezaron a arriesgar conmigo para hacer trabajo, apenas sabía bordar, los secretos de algunos maestros se los llevaron a la tumba prácticamente, eran muy celosos, no les gustaba compartir lo que sabían, pero en el transcurso del tiempo descubrí que tenía habilidad para el dibujo. Cuando era pequeño me gustaba pintarles dibujos a las revistas, con ese talento me parecía monótono hacer lo mismo que hacían todos y que seguía haciendo yo y en una de esas empecé a disciplinarme y a incursionar en los cuadros, empecé con un cuadro de la Virgen de Guadalupe, esto ya en el 94, me fui proponiendo que cada siguiente cuadro fuera más grande que el anterior: así nacieron los murales.
NTR. ¿Le pareció que los cintos y las monturas, artículos clásicos del bordado, no le eran suficiente?
MM. Hicimos accesorios para dama, cosas distintas, pudimos crear una forma para que una artesanía que estaba dedicada sobre todo a los hombres que se dedicaban a la charrería, fuera para todos y luciera bien en todos. Tengo tantos proyectos en mente que lo único que falta a veces es un recurso económico para ponerlos en marcha y la ayuda de unas cuantas manos más.
NTR. Usted ha visto gran parte de la historia de Colotlán y la talabartería en diferentes etapas ¿cómo las ha vivido desde su trinchera?
MM. Cuando yo iniciaba había algunos talleres de talabartería y varias personas dedicadas a ello, pero en la década de los 80, y parte de los 90, fue un gran fenómeno, la gente no tenía tiempo ni siquiera de enseñarse bien, había que hacer los trabajos rápido, aunque salieran medio feo, todo se vendía, todo. Fue un gran fenómeno, muchos comerciantes se vieron beneficiados por eso, todo el día y todos los días había gente, esto empezó a dar trabajo a las comunidades cercanas, era un fenómeno total.
La música de entonces se daba, pero a mediados de los 90 surgieron otros géneros, y además en algunos centros penitenciarios comenzaron a hacer cintos piteados también, que a veces tratan de venderlos como cintos de Colotlán todavía. Poco a poco se saturó el mercado y por la falta de cuidado en la calidad el auge terminó, necesitábamos mejorar la calidad y poco a poco lo hemos hecho. Por ser un artículo de lujo dejó de venderse, muchas situaciones de inseguridad por la zona y muchos otros factores ocasionaron que muchas personas dejaran de trabajar.
NTR. ¿Qué le depara el futuro a la talabartería en Colotlán?
MM. Se ha empezado a levantar de nuevo poco a poco, no con el auge de aquellos años, pero con su fuerza, hay varios talleres con mucho trabajo y mucha gente que trabaja en sus casas. Me da mucho orgullo ver esta transformación.
NTR. Ahora también se dedica a la investigación de la historia de esta labor ¿por qué decidió hacerlo así?
MM. Es algo implícito, durante estos años me he dedicado a la investigación del piteado porque está todo disperso, como si alguien hubiera agarrado una hoja de papel, la hubiera hecho pedacitos y la hubiera aventado al aire. Ahora estoy buscando todos esos pedacitos para completar la hoja. El rescate de esta actividad necesita una investigación antropológica para entender bien sus inicios: hay quienes apuestan que el piteado nació en Colotlán, pero eso aunque nos duela no es verdad. Lo importante de la actividad es que pareciera que llegó para quedarse en nuestro municipio porque lleva más de cien años.
“Tengo tantos proyectos en mente que lo único que falta a veces es un recurso económico para ponerlos en marcha”
“Durante estos años me he dedicado a la investigación del piteado porque está todo disperso, como si alguien hubiera agarrado una hoja de papel, la hubiera hecho pedacitos y la hubiera aventado al aire”
Mario Montoya, Artesano
Trabajo. En el taller de Montoya nacen hermosas piezas realizadas con un cuidado extenuante, se deja los dedos y las horas en cada obra, en aretes y cintos bordados, pero también en grandes murales.










