Una historia de amor a México

(Foto: Notimex)

CIUDAD DE MÉXICO. Como salida de un cromo del pintor Jesús Helguera, rodeada de chiles secos, semillas y especies, Herlinda muele entusiastamente, como hace ya más de 70 años, los materiales con los que habrá de hacer el mejor mole de San Pedro Atocpan.

En efecto, no hay mejor ícono del amor de una mexicana por su tierra que el de Herlinda Olivo Ramírez, quien a pesar de la necesidad y carencias nunca se detuvo ni renunció a sus tradiciones, sino que se aferró a ellas y las convirtió en su modo de vivir y su testamento.

Y es que, por increíble que parezca, hoy en día no hay quien se jacte de haber visitado Milpa Alta sin haber acudido a San Pedro Atocpan, pero pocos o casi nadie tiene idea de quién fue la responsable de iniciar esta aventura que terminaría por convertir a este pueblo en “la Capital del Mole”.

En efecto, Herlinda, de 83 años, es la fundadora de la tradicional Feria del Mole y fomentadora de la cultura de la elaboración de este tradicional alimento del que incluso ha sido autora de la mayoría de las variedades que hoy podemos encontrar en el mercado.

Sin embargo, lejos de jactarse de tal hazaña, Herlinda destaca por su humildad y su gran generosidad, lo que ha llevado a que todo San Pedro Atocpan le guarde un particular cariño, pues ella ha sido quien les enseña a hacer mole y los impulsa a sacar adelante a su comunidad.

 

TRADICIÓN DE ORIGEN HUMILDE

Mientras hace una pausa de su labor para conversar con este reportero, Herlinda recuerda con cariño cómo inició su amor por el mole y su manera de ser tan deprendida, lo cual aprendió de su abuelita “Rafaelita” Olivares.

“En el pueblo sólo había dos molenderas, y mi abuelita era una de ellas. Recuerdo como se reunían para las fiestas del pueblo y le pedían que hiciera el mole, pues era su especialidad”.

Herlinda recuerda cómo su abuela acudía a comprar todos los materiales indispensables para elaborar el mole y luego llamaba a las mujeres del pueblo para que la ayudaran a moler todo en sus metates, los cuales formaban en círculo.

“Yo tendría cinco años y como todo niño veía con curiosidad lo que hacía mi abuela, por lo que yo también quería hacer lo mismo. Pero como era muy pequeña siempre me mandaban a jugar. Y ya sabes, como todo niño, justo lo que le prohíben es lo que quiere hacer”, comenta riendo.

Herlinda asegura que tanta fue su insistencia que finalmente las mismas mujeres que colaboraban con su abuela le permitieron empezar a moler en el metate, labor que después comenzó a hacer sin falta para las siguientes ocasiones bajo la supervisión de su abuela.

“Así fue que inicié a hacer mis primeros moles a los siete años y después, al casarme, decidí hacerlos y venderlos por necesidad, pues con lo que ganaba mi esposo Chencho no nos alcanzaba”, refiere mientras toma un poco de pinole y me ofrece para probarlo.

“Perdona si ves mis manos negras, no es mugre, es que he estado moliendo y tostando desde temprano” me comenta apenada, pero yo sin chistar y con una sonrisa pruebo el pinole para disfrutar uno de los sabores más icónicos e inigualables de mi tierra mexicana.

Herlinda continúa recordando cómo fue que finalmente, con ayuda de sus hermanas, terminan por convencer a su marido de que la dejara vender mole en la Ciudad de México, pues como todo hombre de campo de esa época “no le fue fácil aceptar que su mujer tomara la iniciativa y buscara la manera de hacerse de dinero”.

Así, cargando a su niño con su rebozo y con una cubeta de 4 kilos, Herlinda se aventuró a la ciudad, recorriendo las calles para vender el mole y luego colocándose sobre un “mantelito” para ofrecerlo en el paso.

Con el paso del tiempo, Herlinda comenzó a aumentar el número de productos que ofrecía y “así, tendía mi mantelito, ponía mi metate y nopalitos que había preparado, pipián y mole, así como flores para vender”, lo cual les llamó la atención a sus clientes quienes además comenzaron a buscarla.

PRIMERA FERIA DEL MOLE

Es así que después de un tiempo Herlinda se asoció con un pequeño grupo para hacer una cooperativa y comprar un terreno en San Pedro Actopan para convertirlo en la primera tienda de mole del pueblo, en donde también decidieron hacer el primer restaurante.

Pero para que esto fuera posible “tuvimos que pasar por varias cosas. Primero rentábamos un salón para poder vender el mole y la comida, luego compramos el terreno y lo fincamos, y finalmente levantamos el primer piso de lo que sería nuestra tienda y restaurante”.

“Y quién va a cocinar, decían mis amigas, pero de inmediato volteaban a verme para decir: Pues Herlinda, mira nada más que rico cocina y qué bien atiende a su marido cuando se va al campo. Y es que yo le armaba sus itacates muy bien preparados y bonitos”.

Así, dijo, fuimos creciendo hasta que construimos el segundo piso, y fue cuando finalmente abrimos el restaurante que tanto habíamos querido, comenta con alegría mientras sus ojos brillan mostrando la misma alegría que debió sentir en ese momento.

Herlinda recuerda en particular el impulso y apoyo que le brindó el señor Ismael Rivera, quien es ahora productor de Nopal Enlatado y que en su momento fue el que la motivó a iniciar estos proyectos y enseñarle a todos los de la cooperativa a hacer moles.

Esto, finalmente fue lo que los motivó a realizar la primera Feria del Mole, aprovechando la celebración de “la ascención del Señor de las Misericordias” en mayo de 1977, en el paraje de Yenhuitlalpan y con la participación de cuatro restaurantes y cuatro tiendas de mole.

A partir de entonces, las cosas no volverían a ser igual, pues desde ese instante San Pedro Actopan comenzó a ser conocido por sus moles y su feria, la cual hoy en día se celebra en octubre.

HERENCIA PARA LA POSTERIDAD

Hoy en día, si usted va a San Pedro inmediatamente se percatará de que todo el pueblo huele a mole, y es que hoy la mayor parte de la gente vive del mole y produce mole, pero nadie imaginaría que hace 50 años este era un pueblo poco conocido retirado de la ciudad, agrega Herlinda.

“Incluso hoy muchos andan con sus camionetas y coches nuevo, me alegra que hayan podido salir adelante con esta actividad. Yo la verdad sigo con mi camionetita carcacha que compramos hace años, pero no me preocupa, soy feliz haciendo mole y viendo a la gente disfrutar de mi comida”, comenta con una mirada de satisfacción.

Y en efecto, puede que Herlinda no tenga riqueza material en abundancia, pero tampoco es pobre, no sólo porque hoy puede sostenerse de su labor con el mole, sino porque ha repartido su conocimiento y su amor por este alimento, por lo que más que a mole, San Pedro Atoctpan huele al amor de Herlinda.

“Yo incluso hice muchos de los moles que hoy se venden. El mole almendrado en realidad es el primer mole que me enseñó a hacer mi abuelita y era una receta de familia que de hecho no se llamaba almendrado, yo le puse ese nombre para que llamara la atención” comenta riendo como si acabara de hacer una travesura.

“Pero yo también comencé a hacer mis combinaciones, como el mole apiñonado, el mole con frutas, el especial para romeros con camarón y otros que ya se venden en todos lados”, asegura.

Así, sin importar cuanto tiempo pase y si se habla o no de la labor de Herlinda, mientras en San Pedro Actopan se produzca y huela a mole, es seguro que la presencia de esta valiosa mujer seguirá presente como un recordatorio de que no hay mejor manera de amar a México que hacer que éste salga adelante.

FV/I