¿Quién ganó el debate?

Los debates son el evento estelar de las contiendas presidenciales. Al margen de los efectos que tenga en la configuración del voto, los debates llevan al punto más alto la escenificación de la disputa electoral. Son la arena en donde se contrastan las propuestas y estrategias entre los adversarios. Constituyen el momento de mayor visibilidad de la batalla por la Presidencia. No determinan el resultado de la guerra, pero sí representan batallas decisivas. Ahí radica la importancia de ganarlo.

El nuevo formato del debate despierta sentimientos encontrados. Si bien es cierto que la participación activa de los moderadores mediante la formulación de preguntas y la apertura de un espacio en el que los candidatos podían intercambiar sus opiniones respecto a un determinado tema, le imprimió un mayor dinamismo e interés al debate, también es cierto que un par de cuestiones incidieron negativamente en el desarrollo del evento.

Una, la inclusión de los supuestos independientes, que además de llegar estigmatizados por las trampas con las que obtuvieron sus firmas, convirtieron la arena de tres contendientes en un panel de cinco expositores. La otra fue que la idea de segmentar los tiempos de participación a un minuto, impidió desarrollar mínimamente un argumento, fue un debate de spots, como alguien atinadamente caracterizó.

A partir del pronóstico de intenciones de voto que suministraron las encuestas recientes, los equipos de campaña definieron su estrategia y el tono que imprimirían a la intervención de su candidato. En todas ellas, López Obrador acusaba una cómoda ventaja sobre Meade y Anaya que se disputaban el segundo sitio. En consecuencia, el objetivo estratégico prioritario para AMLO era mantenerse como puntero y, en contraste, Anaya y Meade deberían enfrascarse en un duelo directo para dirimir quién se quedaba con la segunda posición y constituirse como una opción viable para disputarle la Presidencia al puntero.

En este escenario, la estrategia de López Obrador resultó efectiva. Aguantó la embestida de recibir más de 50 ataques sin caer en la provocación de reaccionar a ellos y se dedicó a reiterar lo que ha venido planteando desde 2006, pero que en el contexto actual cobra mayor vigencia, respecto a la lucha contra la corrupción y la necesidad de superar la desigualdad.

Al ser blanco de los ataques, se reforzó su posicionamiento como la única opción de cambio respecto al sistema actual. Se consolidó como el candidato de los hartos y los indignados, que representan el sector mayoritario en el país. No obstante, desaprovechó la oportunidad para explicar el tema de la amnistía y fue notoria su deficiente preparación para utilizar con ventaja el formato del debate.

Por su parte, tanto Meade como Anaya se olvidaron de que la posición del rival del puntero no estaba definida y enfocaron sus obuses hacia López Obrador. Pero olvidaron un elemento central en las campañas de ataques: que los obuses deben ser letales, sobre cuestiones de evidente gravedad y, sobre todo, sustentados con evidencias fehacientes y verificables.

No fue el caso de los proyectiles que le lanzaron al candidato de Morena, pero lo peor para sus fines fue que el posible efecto negativo que sus palomitas de maíz provocaran en el ánimo de los electores se vio neutralizado al revelarse la falsedad de sus acusaciones. Si bien el desempeño de Anaya superó con creces la mediocre participación de Meade, no logró posicionarse como el retador indiscutible de AMLO.

También sepultó su retórico que propugna el “cambio de régimen”. De hecho, numerosas voces provenientes de las élites económicas y de la opinocracia vinculada al sistema urgen a la fusión de ambas candidaturas en una sola como recurso extremo para impedir la victoria de López Obrador.

Conforme a lo anterior, si habría que definir un candidato ganador, sería indudablemente el de Morena.

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JJ/I