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¿Advertencia o amenaza?

Quienes han educado a niños pueden distinguir claramente la diferencia de respuesta que provocan una advertencia y una amenaza, especialmente porque los niños son muy buenos para distinguir entre ellas y actuar en consecuencia. Ambas pretenden modificar un comportamiento, pero la manera de hacerlo es diversa. Tanto unas como otras pretenden generar temor hacia una posible repercusión negativa que tendrá lugar como consecuencia de cierta acción, pero, mientras la amenaza es difusa, tanto en las condiciones que la harán efectiva como en lo que ocurrirá cuando se concrete, la advertencia es específica en ambos casos.

Así, siguiendo con el ejemplo de los niños, en Guadalajara era muy común una escena como la siguiente: si unos niños andaban jugando a mojarse con pistolas de agua cerca de donde su madre estaba tendiendo la ropa lavada, ella los amenazaba con castigos muy fuertes, sin especificar cuáles y sin aclarar bien a consecuencia de qué se los aplicaría, además de asegurar que su padre se encargaría de hacer que lo lamentaran cuando llegaran. Usualmente, los niños ignoraban la amenaza, y a veces mojaban y ensuciaban la ropa, lo que provocaba la ira de su madre, que se traducía en insultos y regaños, además de que la madre volvía a ponerse a lavar la ropa. Y eso solía repetirse.

Pero, en ocasiones, la madre se daba cuenta de eso y cambiaba su propia conducta. Entonces advertía a sus hijos que si llegaban a mojar o ensuciar la ropa tendida, les quitaría inmediatamente los juguetes y además los pondría a ellos a lavar la ropa que hubieran ensuciado. Los niños, acostumbrados a las amenazas sin mayor efecto, ignoraban la advertencia y ensuciaban la ropa, y la madre actuaba en consecuencia, aplicando la sanción advertida. Casi siempre una o dos veces bastaban para que los niños dejaran de causar estropicios.

¿Cuál era la diferencia? Lo concreto de la advertencia que permitía a los niños identificar qué es lo que no deberían de hacer si no querían padecer la consecuencia, y facilitaba que se aplicara la sanción respectiva, la cual estaba enfocada tanto ayudarles a darse cuenta del perjuicio que habían provocado como en repararlo, y de ese modo ayudar a prevenir su repetición.

En ese sentido, es notorio que entre nuestros legisladores está de moda amenazar con subir el número de años de cárcel que merecen las conductas que generan indignación pública, pese a que esa amenaza no tiene ningún efecto, a causa de los niveles de impunidad del orden de 98 por ciento. Sin embargo, esas acciones legislativas suelen presumirse como una respuesta a la demanda social para que las instituciones públicas hagan algo, como cuando alguien provoca la muerte de otras personas por conducir en estado de ebriedad.

Por otro lado, una advertencia concreta, como que se multaría por un monto que podría llegar casi a los 4 mil pesos a quienes condujeran un vehículo sin licencia o con una vencida provocó que se colapsara el área para el trámite de éstas en Jalisco ante la gran afluencia de solicitantes, pese a que el Congreso cedió al chantaje de quienes decían que era una medida recaudatoria y bajó el monto de la multa.

¿Por qué nuestras leyes no funcionan más como advertencia que como amenaza? Probablemente se deba a que es más fácil amenazar, ya que eso no compromete y deja lugar a la discrecionalidad en la aplicación de la sanción. Pero, si realmente queremos vivir en un estado de derecho y apostarle a una cultura de la legalidad, es necesario que aprendamos a hacer leyes efectivas, que impidan la impunidad y que, por lo tanto, prevengan la realización de actos ilícitos.

protagoras_xxi@yahoo.com.mx

@albayardo

JJ/I