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No más bellas durmientes

El 16 de agosto la voy a recordar por mucho tiempo. Estaba en la Ciudad de México por cuestiones de trabajo en el Festival Escénica que presentaba espectáculos en diversas zonas de la ciudad. Esa tarde me había dirigido a ver una pieza que años antes no programé en otro festival por una cuestión de contexto. Las razones simples: no encontraba cómo garantizar condiciones seguras para meter a mujeres en camas a accionar la ficción en un espacio público con espectadores comunes. Sí, la pieza había funcionado en otras ciudades del mundo, pero no había manera en que aquello me lo pudiera imaginar en México sin poner en riesgo a las actrices, aunque fuera por lapsos de 10 minutos. Años después, esa noche de viernes, aquella obra estaba programada en el festival, e intrigada por cómo resolverían aquel asunto me dirigí al Centro Cultural Xavier Villaurrutia ubicado justo en la glorita Insurgentes.

Así el destino como es, me llevó a toparme con el polvo rosa y la multitud. Me emocioné. La situación de inmediato me jaló y encontré la manera de aproximarme pasando de lado por donde se presentaría aquella pieza dentro de un espacio recubierto con cristales transparentes a través de los que se podían ver esas camas blancas, impolutas, vacías. Pasé de largo. Subí las escaleras que llevaban a la parte interior de la estación del metrobús. Del otro lado, la marcha. En un instante estaba entre martillos y mujeres, reporteros y cámaras a pocos metros.

Y sí, sentí miedo. No sabía si en cualquier momento la Policía iba a aparecer para llevarnos a todas. Al mismo tiempo no quería estar en ningún otro lugar. Bajé de aquel andén para incorporarme a la marcha. A las puertas del edificio de Seguridad Pública de la Ciudad de México decenas de mujeres policías con los brazos entrelazados resguardaban la entrada. Del otro lado mujeres en su mayoría jóvenes, participaban activamente pegando carteles, gritando, cargando pancartas. Una nueva generación que desde y con el cuerpo, reaccionaba. La rabia de la injusticia desbordada ya no da más.

Aquel ruido de los cristales rompiéndose me ha quedado por días. Que todos los monumentos de orgullo nacional sean rayados para recordarnos la vergüenza de ser uno de los países más inseguros del planeta para una mujer. Porque no, señor presidente, mientras nos estén matando, la gente no puede estar “feliz, feliz, feliz”.

lagp16@gmail.com

da/i