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Verdades absolutas

Vivimos tiempos de fuertes discrepancias. Adversarios armados de verdades absolutas ven al otro con desprecio, horror y odio. Los argumentos perdieron su esencia. El ruido de las interminables discusiones se convirtió en el telón de fondo de todos nuestros espacios.

No hay adversarios, todos se convirtieron en enemigos. Tampoco existe una forma de reconciliación. Imponer una verdad absoluta exige la total extinción del otro. Como en la física, dos verdades absolutas no pueden ocupar el mismo espacio. Sólo la muerte, el total exterminio de una reafirma, da sentido y validez a la otra.

La culpa siempre es del otro. Porque el otro es el ignorante, el fanático, el inculto, el incapaz de ver la luz de la verdad. Mi verdad. Si el mundo se cae a pedazos el culpable siempre será aquel que amenaza mi civilización, mis bienes, mis ideas, mis creencias, mis convicciones políticas.

Su sola presencia es una amenaza a mi existencia. Sólo podemos vivir si vivimos aferrados a la idea de un mundo dividido entre el bien y el mal y nosotros siempre, sin ninguna duda, estaremos del lado del bien.

Perdimos el sentido de la tragedia. Ridiculizamos la necesidad de hacer justicia al enemigo. Al otro, nuestro natural enemigo se le castiga. Se le juzga y se le encuentra culpable. Siempre el otro será el culpable. Cuando mucho, lo volvemos objeto de nuestra piedad. Siempre y cuando, sea tarde o sea temprano, nos reconozca como los únicos portadores de la verdad absoluta.

Limitar nuestros conflictos a la ingenua interpretación de la lucha entre el bien y el mal, nos aleja de la interpretación del sentido humano de la tragedia. En una breve interpretación de la tragedia de Antígona titulada Y si lo trágico nos hubiera abandonado?, Milán Kundera escribe: “Liberar los grandes conflictos humanos de la ingenua interpretación de la lucha del bien y del mal, entenderlos bajo la luz de la tragedia, fue una inmensa hazaña del espíritu; puso en evidencia la fatal relatividad de las verdades humanas; hizo sentir la necesidad de hacer justicia al enemigo. Pero la vitalidad del maniqueísmo moral es invencible...”

Esa vitalidad barrió el sentido de la tragedia de nuestras vidas.

roberto.castelan.rueda@gmail.com

da/i