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Vivir con prisa 

Mi temporada favorita es el otoño. Ese momento en que las noches comienzan a ser más largas y frescas, y comienza a haber pan de muerto. También me gusta porque en esa época es mi cumpleaños. 

Y es precisamente el pan de muerto lo que me llevó a una profundísima reflexión cuasifilosófica. No es que sea una glotona irredenta (que sí lo soy), sino que la llegada de este manjar tan mexicano, azucarado y con sabor a naranja, es la que marca una especie de reloj gastronómico que tengo dentro y que me hace querer hincarle el diente, en su respectivo momento, de las delicias culinarias a las que tengo acceso. 

De unos años a la fecha, todo ocurre aprisa. Todo lo queremos devorar. El disfrute que da el tiempo, la sazón, el fuego lento y la expectativa es deshecho por la premura en la que parece que nos ahogamos todos los días, en una rutina que a veces parece más un sueño cíclico. 

Cuando apenas era septiembre, durante los primeros días, comencé a ver por todos lados que ya había pan de muerto. Lo mismo en panaderías de barrio que en grandes supermercados o en tiendas gourmet, de esas en las que a veces pagas nomás por tragar saliva, pero que están libres de gluten, libres de crueldad animal, libres de azúcar y de pecado. 

Entonces comencé a hacer un repaso mental de todas aquellas celebraciones que nos llevan a meterle velocidad a lo que vivimos. Del pan de muerto que se vendía apenas despegando septiembre a los arbolitos navideños y toda la faramalla decembrina expuesta desde mediados de octubre, o posadas y fiestas de fin de año que se programan y celebran antes de que noviembre siquiera haya llegado a su día 15 (porque es más barato, porque ya todo está reservado, porque la gente sale de vacaciones…). 

Aunque también me pasó al contrario. Era octubre y encontré, en uno de esos múltiples grupos en los que estoy metida en redes sociales, que había personas que seguían vendiendo capirotada, ese tradicional (y delicioso) platillo propio de la Cuaresma. Con el argumento de si hay quien lo vende es porque hay quien lo compra, hay de todo durante todo el año. 

Luego pensé en que pasa algo similar con las acciones diarias o, al menos, frecuentes. Series de ocho o 10 capítulos de cerca de una hora cada uno que nos aventamos, si bien va, en un fin de semana, para luego dejar un año completo de vacío, en espera de la nueva temporada y el nuevo maratón. En dos días olvidamos los nombres de los personajes y hasta partes esenciales de la trama, pero ya podemos platicar de eso con nuestros amigos o familiares. 

Con solo un toque en nuestros teléfonos o computadoras podemos pasar a la siguiente canción, porque la que acaba de salir en nuestra lista de reproducción no nos gusta y no queremos escucharla (no tenemos tiempo para desperdiciarlo en algo que no nos gusta, dicen algunos). Lo mismo aplica para series de televisión o películas en nuestras plataformas de streaming, que dan la opción de “saltar intro” y así no chutarnos el minuto y medio que dura ese instante previo a que la acción comience. 

Salir corriendo de las salas de cine y no ver hasta el final de los créditos o, si acaso, preguntar a quienes ya vieron la película en cuestión si hay escenas postcréditos, para aguantar desesperadamente cinco minutos más. Dejar los conciertos cuando el cantante anuncia su última pieza para no atorarnos en el estacionamiento o que el taxi o el Uber no salgan más caros de lo contemplado. 

Podría pensarse que todo esto es superficial, pero ¿qué pasa cuando esa urgencia de que todo llegue y todo pase comienza a trastocar nuestra vida personal? ¿Qué cuando aceleramos todo, hasta el dolor o, peor aún, la felicidad? 

Tal vez nos estamos perdiendo de las mejores partes. 

Saltemos a la siguiente página. 

Ya. 

perlavelasco@gmail.com

Twitter: @perlavelasco 

jl/I