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Política del conflicto

¿Se ha preguntado por qué el país está cada vez más polarizado políticamente? ¿Le inquieta saber si eso es benéfico o perjudicial a mediano y largo plazo? ¿Qué deberíamos hacer, según sea el caso? 

Como lo he comentado en este mismo espacio, el conflicto en sí mismo es una característica fundamental de nuestra condición humana. Dado que cada quien ve el mundo desde su propia perspectiva, y eso le sirve de base para construir sus anhelos, las personas vivimos en un conflicto permanente con las demás, lo cual en sí mismo no es un problema, a menos que el conflicto se evada o se gestione de manera violenta, para desaparecer al otro, y de esa manera evadir el conflicto. 

El problema con la evasión del conflicto es que nos priva de la posibilidad de desarrollar nuevas formas de relacionarnos, que nos enriquezcan mutuamente, a la vez que favorecen la creación de oportunidades para que cada quien atienda sus anhelos más profundos. En ese sentido, resulta de lo más impertinente que en una situación de conflicto particular, haya quien se dedique a exacerbarlo, a echarle más leña al fuego, como se suele decir, porque eso puede derivar en la construcción de condiciones de violencia. 

Desde la perspectiva de la sociología, quienes ejercen el poder tienen en sus manos un instrumento muy eficiente para comunicar sus mensajes, el poder. El poder es un medio de comunicación, como lo estableció el sociólogo Niklas Luhmann, que lleva a todas partes indicaciones sobre lo que se debe y no se debe hacer, y sobre la manera correcta de hacerlo. Dichos mensajes, nos explican las politólogas Schneider e Ingram, no son neutrales, tienen una intencionalidad, y están permeados por los valores de quien los emite. 

Claro que eso no significa que quienes reciben el mensaje lo acepten de manera pasiva, por supuesto que no, porque el poder está distribuido entre todas las personas, e incluso entre el resto de los seres vivos, pero quien ejerce mayores niveles de poder tiene más posibilidades de hacer que sus mensajes lleguen a más personas y, por lo tanto, más posibilidades de incidir en su comportamiento. A su vez, esa mayor capacidad de incidencia implica una mayor responsabilidad ética en el ejercicio del poder. 

Desde una perspectiva ética puede haber buenos o malos motivos para apoyar a un líder, o para oponérsele, así que una mala forma de ejercer el poder es contribuir a la exacerbación de los conflictos, etiquetando a las personas, considerando como gente buena a quienes le apoyan, y despreciando a quienes se oponen a sus decisiones, considerándolas malas, y esto es peor cuando el líder no examina a fondo los motivos del apoyo o la oposición. 

Y afirmo que es una mala manera de ejercer el poder, porque en la medida en que crece el conflicto, las posibilidades de encontrar puntos de acuerdo van disminuyendo, al mismo tiempo que crece el deseo de hacer desaparecer al otro, al que no piensa de la misma manera, y eso provoca violencia, la cual es perjudicial para todas las personas. 

Así que, una manera de evaluar el ejercicio del poder es medir qué tanto ha contribuido el líder a construir soluciones, o qué tanto ha evadido o exacerbado el conflicto, y quiénes se han beneficiado de esos resultados de su ejercicio del poder, y quiénes han asumido más costos. 

Si el líder ha evadido el conflicto con quienes tienen un comportamiento violento, mediante las armas u otros recursos, y actúa como si no existieran, o se ha dedicado a desacreditar a quienes ponen en evidencia esa y otras de sus contradicciones, motivando su linchamiento, ese líder está haciendo mal uso de su poder. 

protagoras_xxi@yahoo.com.mx

Twitter: @albayardo

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