El mundo no necesita más personas exitosas, necesita más personas buenas
En el ámbito social contemporáneo con frecuencia se nos exige “tener éxito” y, para lograrlo, “ser los mejores”. Esta expectativa parece incuestionable, pero conviene detenernos a reflexionar qué entendemos por éxito. Etimológicamente, la palabra proviene del latín ‘exitus’: ex- (“hacia afuera”) e ire (“ir”), lo que remite a la idea de salida, resultado o desenlace.
En este sentido, el éxito se relaciona con aquello que se proyecta y se valida externamente. Por otro lado, la palabra bien procede del latín ‘bene’, que significa “de buena manera” o “correctamente”, y se vincula con la raíz indoeuropea ‘duen’ -o dwen-, asociada a lo bueno, favorable o valioso. Mientras el éxito apunta hacia afuera, el bien remite a una cualidad interior.
La diferencia entre ambos conceptos, cuando se traducen en acciones, es profunda.
El éxito suele buscarse fuera de nosotros mismos: en el reconocimiento social, la aprobación ajena y el prestigio. Esta orientación externa puede colocarnos a merced del “qué dirán” y conducirnos a comportamientos poco éticos si el objetivo principal es destacar o acumular logros visibles. En cambio, el bien se cultiva interiormente; implica formar el carácter, fortalecer valores y actuar con rectitud, aun cuando ello no garantice aplausos ni recompensas inmediatas.
No se trata de afirmar que el éxito sea negativo en sí mismo. El problema surge cuando se identifica exclusivamente con el “tener”: títulos, bienes materiales, propiedades o capital. Entonces cabe preguntarse: ¿a qué precio se obtiene?, ¿es suficiente? Para el ego, lo externo rara vez basta. Cuando el orgullo se alimenta únicamente de lo superficial, puede volverse insaciable, inflándose como un globo que intenta llenar vacíos internos hasta que termina por estallar.
Diversos pensadores han advertido esta tensión. La filósofa Simone Weil sostuvo que la atención, la verdad y la purificación interior son superiores al reconocimiento social. Desde esta perspectiva, el verdadero crecimiento humano consiste en vaciar el ego, cultivar la atención y buscar la verdad con humildad. En la misma línea, el escritor Antonio Gala afirmó que el ser está por encima del tener.
La cuestión final es decisiva: ¿qué queremos heredar a las generaciones futuras: una sociedad centrada en el ser o en el tener? Poseer no es un error, pero debe ocupar un lugar secundario. Primero ha de consolidarse el ser; el tener, si llega, que sea consecuencia y no fundamento de nuestra identidad.
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