Hay dolores que no se ven. Se sienten en el centro del pecho, en el esternón, y se expanden lentamente, como tinta en el agua.
A veces aparece cuando uno está lejos de la ciudad donde ha vivido casi toda su vida y la vuelve a mirar, desde la distancia, tomada por la violencia.
Entonces surge una pregunta incómoda: ¿qué se puede hacer? Nada, en apariencia.
Uno mira la escalada violenta desde la pantalla de la computadora. Lee cifras. Ve videos. Escucha testimonios. Las palabras tristeza o impotencia quedan cortas. Son demasiado pequeñas para lo que está pasando.
Estoy a unos nueve mil kilómetros de distancia.
Trabajo en una investigación para el Instituto Reuters para el Estudio del Periodismo en la Universidad de Oxford, en Reino Unido, sobre justicia ambiental en México. Aquí la universidad no es solo un campus: es la ciudad entera. Los centros universitarios parecen castillos. Están rodeados de parques, lagos, instalaciones deportivas. Dentro de ellos, hay bares, comedores, canchas de tenis y de squash. A veces el lugar parece un escenario de película.
Mis días pasan entre conferencias, lecturas e investigación. También entre frío y lluvia. Pero cuando sale el sol, algo que aquí ocurre, todo parece ser agradable.
Aun así, siempre tengo la sensación de que algo falta.
Pienso a veces que este lugar sería perfecto si aquí existiera el realismo mágico que habita en América Latina. Extraño esas conversaciones sobre aparecidos, sobre lugares que tienen historia propia, sobre presencias que nadie puede explicar del todo.
Aquí hay pasillos antiguos, escaleras de piedra, patios oscuros serían perfectos para una historia de fantasmas. Pero cuando uno menciona algo así, la conversación se corta. No forma parte del paisaje mental de la gente.
Nunca lo había contado, pero hace algunos años me confundieron con un fantasma.
Ocurrió mientras realizaba una investigación para un libro sobre el arrecife mesoamericano. Recuerdo que estaba en Belice y pasaba días hablando con comunidades que defienden el mar y sus territorios. En uno de mis días libres decidí caminar por una zona de selva.
Llevaba un vestido largo de manta negra y mi amuleto: un collar wixárika con la figura del sol y el peyote. Los mosquitos eran feroces. Para protegerme me cubrí con una tela oscura, como una túnica improvisada.
Caminaba sola cuando apareció un pequeño vehículo a toda velocidad, de esos que se usan en los campos de golf. Se detuvo frente a mí. Dos hombres bajaron rápido y me dijeron que tenía que acompañarlos.
No entendía bien lo que decían. Hablaban en un inglés criollo. Les pedí que repitieran varias veces.
Al final lo entendí.
Algunos habitantes de la pequeña isla de Caye Caulker había llamado a la comisaría para pedir que me detuvieran. Habían visto, según ellos, un fantasma. Una aparición vestida de negro caminando por la selva.
Después alguien me explicó el resto de la historia: en esa comunidad, una mujer vestida de negro puede ser un mal presagio.
Ese día fui un espectro, un espíritu.
Un fantasma devorado por mosquitos.
Con los años entendí por qué recordaba tanto esa escena.
Cuando la realidad se vuelve demasiado pesada, cuando la violencia se vuelve cotidiana y las historias reales parecen insoportables, las otras narrativas, las que vienen de la imaginación, de los cuentos de las abuelas, de la literatura, cumplen una función silenciosa: sostenernos.
El realismo mágico no es solo un género literario. Es una manera de respirar en medio del desastre.
Tal vez por eso en América Latina las historias de fantasmas, milagros o presagios sobreviven incluso en medio de la violencia. No son ingenuidad ni superstición. Son otra forma de mirar lo que duele cuando lo que ocurre parece, de otro modo, imposible de narrar.
Porque hay realidades, guerras, desapariciones, territorios capturados por la violencia, que a veces resultan casi irrepresentables.
Y frente a eso, la imaginación también puede ser una forma de resistencia.
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