La temporada de lluvias llegó a su fin. Podemos apagar las alarmas mientras regresan puntualmente el próximo año inundaciones y socavones. Por lo pronto, miles de personas salen a protestar por el agua insalubre que llega a sus hogares, exigiendo su derecho humano al agua.
Pero el agua no es solo derecho de los humanos. Microrganismos, bacterias, hongos…, que son nuestros compañeros de viaje, también la necesitan. No obstante, a pesar de sus bondades, nos hemos empeñado en hacerle daño. Si el agua ha dado origen y mantiene todo lo que palpita sobre la Tierra, es decir, si es la fuente de vida de todas las vidas, ¿por qué no se ha reconocido como sujeto de derechos?
Las violencias que le propinamos afectan seriamente su esencia y solo nosotros, con nuestras acciones y discursos, podemos darle voz. Sus intereses son nuestros intereses, sus derechos son el marco donde tienen sentido nuestras exigencias por un agua de calidad. Sin embargo, no existe una declaración universal de los derechos del agua.
Por fortuna, no todo son saberes jurídicos ni acuerdos internacionales. La gente común, desde su experiencia y sus valores, entiende por qué el agua es digna y sujeto de derechos: requiere protección y restauración para mantener los equilibrios ecológicos, moldea todos los climas y paisajes, debe circular en libertad para mantener otras formas de vida, ha contribuido a la consolidación de grandes civilizaciones, ha sido fuente de inspiración de artistas, místicos y poetas…
Sin embargo, el paradigma vigente de entubarla, abrir la llave y dejar que corra ha trastocado sus características esenciales. Los “expertos”, empeñados en mejorar sus tecnologías, desdeñan los saberes locales que sirven para mantener vivos humedales y manglares, defender el agua como un bien común o denunciar la incompetencia de las burocracias institucionalizadas del Estado para gestionarla con justicia.
Los derechos del agua no pueden verse separados tanto de los derechos sociales como de las libertades fundamentales. La escasez del agua y su degradación no son fenómenos de la naturaleza sino decisiones humanas. El derecho prescribe conductas, escenarios o actores y proscribe comportamientos indeseables.
El agua es y ha sido nuestra eterna compañera. Fuimos gestados en un medio acuático, nos nutrimos del agua que está presente en los vegetales y animales, pensamos gracias al agua que circula por el cerebro, formamos comunidades con océanos, arroyos y manantiales. Nuestro ser biológico y sociocultural es agua en movimiento.
El agua es un actante bastante versátil, con grandes capacidades de autogestión para regenerarse, para transformar como le venga en gana los estados en los que se encuentra (en alianza con el sol), circula por las venas y arterias, sale en forma de lágrimas y sudor, se convierte en grandes árboles o musgos diminutos.
Urge derogar el paradigma de bombear y tirar, comprender la historia de las relaciones que hemos mantenido con ella, proteger las variaciones de sus ciclos, proclamar los derechos que les son inherentes por el mero hecho de existir. Muchos problemas humanos se resolverían si promovemos y defendemos sus derechos.
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