En el vestidor, esa zona tan íntima de un equipo de futbol en el que jugadores y cuerpo técnico arman la táctica, pero también se fortalece con la emoción de las palabras, Matías Almeyda reunió a su grupo para enviar un mensaje que los alentara a ir por el trofeo en disputa.
Un Torneo de Copa, que bien lo dijo el técnico de Chivas un día antes en conferencia de prensa, es más por amor al arte porque no hay más recompensa que la satisfacción de ganarla, ya que desde este año dejó de ser el pase automático para la Copa Libertadores.
El Pelado los exhortó a jugar con furia durante 90 minutos para llevar el trofeo ahí a su vestidor y festejar.
Para lograrlo debían vencer a un aguerrido Monarcas que estaba dispuesto a dejar pedazos de piel para amargar el festejo planeado, y llevarlo al territorio de los penaltis apostando a los actos heroicos de Sebastián Sosa, quien solo pudo atajar el primero, pero sucumbió después ante Marín, Pulido, y Pineda que salvaron la falla de Salcido.
Por Morelia, solo los ilusionó Osuna, pero después Miguel Jiménez fue el gran héroe al detener tres disparos y llevar a la gloria a su equipo para levantar la Copa con un 3-1 a favor.
Con el estado anímico al límite tras el discurso de Almeyda y fortalecido por el marco de ver abarrotadas las gradas de su estadio, Chivas inició el partido con el deseo de detonar el estallido de su gente para pesar más sobre su rival.
Morelia tuvo una discreta aproximación con un tiro fuera del área de Lezcano, pero poco después, Chivas tomó la iniciativa y se arrojó por la banda derecha, el hábitat natural de Carlos Fierro, en donde enloqueció a sus marcadores.
El sinaloense fue el más activo y peligroso intentando sorprender al portero Sosa, y poco después lo seguirían Ángel Zaldívar, Orbelín Pineda y Alan Pulido. El problema fue que la forma de atacar se hizo predecible, y se abusó del recurso del tiro de media distancia, y dejó de ser productivo hasta que entraron en el desgaste, lo cual aprovechó Morelia para equilibrar y empujar al frente.
A las dificultades del Rebaño para atacar se agregó una pésima noticia cuando Ángel Zaldívar debió salir de cambio por lesionarse el tobillo izquierdo, por lo que Almeyda envió a la cancha a Pizarro, para reaparecer luego de tres semanas de ausencia.
Para la segunda parte, Monarcas persistía en su postura de aguantar para desgastar a un rival obligado a ganar para complacer a sus seguidores. Así, cuando apenas habían transcurrido unos minutos del complemento, Pulido estuvo cerca anotar de cabeza, pero aparecía la mano de Sosa para impedirlo.
Los minutos avanzaban en contra de Chivas, hacia los penaltis, donde Miguel Jiménez fue el héroe inobjetable que se llevó la ovación al final del juego.
La Final esperada
El Estadio Chivas vivía su primera Final desde su inauguración el 30 de julio de 2010. Ya había tenido la experiencia del partido de ida de Copa Libertadores en ese mismo año, pero ahora era la oportunidad de ganar y celebrar con su afición el Torneo de Copa MX.
Muchos recordaban la final del Torneo de Verano 97 en la mítica cancha del Estadio Jalisco, cuando se coronaron al vencer a Toros Neza, pero también evocaban la tarde amarga del Invierno 98 en la derrota ante el Necaxa.
Pero la noche de este 19 de abril de 2016, miles de aficionados en la casa rojiblanca soñaban con un nuevo triunfo. El marco previo era inmejorable, con las tribunas pintadas de rojiblanco, los juegos pirotécnicos que iluminaban la noche, con el himno nacional de fondo.
El ambiente al arranque del partido era frío, de expectación, mezclado con la tensión que se genera de seguir cada jugada, y de reservarse para explotar en el instante que el balón ingrese a la portería para reposar en las redes luego de sacudirlas.
La afición se emocionaba con los ataques de Fierro, los disparos de Pulido y Pineda, pero comenzaba a sufrir con los pequeños avisos de un Monarcas que se rebelaba a su condición de víctima.
El grito de “¡Chivas!” acompañado del canto de porra La Irreverente con el “¡Dale, dale Rebaño!”, y el “¡Queremos la Copa!”, eran motores para empujar al equipo, pero luego de ahogar el grito de gol en sus gargantas cuando el portero Sosa se convertía en el villano por interceptar el viaje del balón a las redes; el ánimo volvía a congelarse, por lo que después venía el canto de reproche: “¡A ver, a ver, pongan huevos, jugadores, pongan huevos!” ante la impaciencia de la ausencia del gol.
Pero el enojo podía durar tanto y preferían reconciliarse con el “¡Mi corazón, pintado bicolor, te quiere ver campeón!”.
Y sí, lo vieron campeón luego de sufrir durante 90 minutos con una actuación apoteósica de Miguel Jiménez.
JJR










