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Necesitamos paz con justicia social

…que el dolor no me sea indiferente

Los horrores del sexenio que termina son casi indescriptibles; nuestra capacidad de asombro ante tanta violencia parece ponerse a prueba una y otra vez. Hemos visto durante estos años que han sido localizadas miles de fosas clandestinas a lo largo y ancho del territorio nacional. En el informe Violencia y Terror, hallazgos sobre fosas clandestinas en México se documentan mil 75 fosas en tan sólo 19 entidades de la República (datos oficiales); en esa cifra aún no se contaban los recientes descubrimientos en Veracruz (166 cráneos) o los de los últimos cuatro meses de Jalisco en donde se han localizado al menos siete fosas más que suman casi 50 inhumaciones. Habría que señalar que gran parte de esos hallazgos se debe a la labor de los colectivos civiles que buscan a sus desaparecidos, no al trabajo de las autoridades.

Hemos visto incrementar la cifra de personas desaparecidas sin que exista aún un mecanismo eficiente de búsqueda —con presupuesto suficiente y personal capacitado para encontrarles—. Las muertes por homicidio también están al alza; en lo que va del año han sido asesinadas 22 mil personas, y un promedio de 90 pierden la vida cada día por esa causa. Con relación a los feminicidios, la ONU señala que se cometen al menos siete cada día en nuestro país. La violencia hacia los niños también se incrementó; de todos los países de la OCDE, México está en el primer lugar de violencia física, abuso sexual y homicidio en menores de 14 años.

El saber que la inseguridad está presente en lo cotidiano y que hay un sector de la población que empieza a normalizar la(s) violencia(s) que sufrimos, no hace menos difícil la noticia de que autoridades de Jalisco depositaron cientos de cuerpos en dos vehículos de refrigeración —sin el menor respeto a la dignidad de las personas—, señalando como justificación la falta de espacios para resguardarles en tanto se realizaban los procesos de identificación y se hacía la entrega a sus familias. Esta noticia ha puesto en evidencia, de nueva cuenta, el nivel de descomposición de una clase política insensible, indiferente, indolente y negligente ante los graves problemas sociales y el dolor humano. Tanto el gobierno federal como el de Jalisco dejan atrás de su mandato una estela de dolor a causa de su abandono a la seguridad de las personas.

Por otra parte, la expectativa del cambio por la que votaron millones de mexicanos todavía parece lejana; cierto es que aún no inicia en sus funciones el nuevo gobierno de la República, pero es tanto el daño causado por los gobiernos neoliberales y derechistas que en verdad se necesita una enorme voluntad política para devolver la tranquilidad que tanto se necesita a diario. Es significativo, por ejemplo, que haya foros para escuchar a las víctimas, pero sería aún mejor si se considerara la opinión de las familias que han dejado claro que antes del perdón están la verdad, la justicia y la reparación del daño.

¿Cómo empezar un proceso de paz cuando cuatro décadas de neoliberalismo han dejado una nación con pobreza, marginación, exclusión social, inseguridad, violencia, impunidad, burocracia, corrupción, crimen, dependencia y despojo de la riqueza nacional a manos del capital trasnacional y la oligarquía?

Para que exista un cambio verdadero, como se promete, la nueva clase política debe entender que la prioridad del gobierno debe ser iniciar un proceso nacional —no neoliberal— atendiendo las necesidades de los menos favorecidos; que un eje central debería ser la atención integral a las víctimas de la inseguridad y la violencia; que la educación debe ser para la emancipación y transformación social, y no para el mercado o las competencias laborales.

Que educar para la paz, la inclusión, la igualdad de género, la democracia, el respeto, es una necesidad en un país en donde la violencia se empieza a asumir como parte de la vida cotidiana.

carmenchinas@hotmail.com

da/i